LA JUSTA HUIDA
Tocaban las campanas en la iglesia de mi pueblo, Toro; Era domingo y tocaban misa. Yo soy José Obreiro, y estamos en el año de nuestro señor de 1609.
Acudían a la iglesia toda la gente de los alrededores: caballeros y campesinos, damas y criadas. Oficia el buen Padre Gregorio Mijas, que era tan bueno en el verbo como en sus actos. Yo estaba en la iglesia con mi padre y mi madre, pues no tenia hermanos, ocupando la quinta fila de la parte derecha.
En el sermón de hoy se hablaba de la huida de la virgen Maria, José y el niño Jesús, perseguidos por herodes, debido a que este había ordenado matar a todos los niños menores de cuatro años. El padre Mijas explicaba los pasajes con mucha habilidad y el hombre gozaba de buen discurso, y daba el ritmo adecuado a cada palabra: realmente ponía toda su dedicación en la predicación.
Como decía, todo buen cristiano de la zona estaba bajo el mismo techo. Y yo estaba distraído apenas sin atender a las palabras dirigí mi mirada a la bóveda de la iglesia mientras oía el sermón del padre Mijas. Un rato después, no sabría deciros cuanto, el padre termino la misa diciendo: “bienaventurados los perseguidos por la justicia, pues el señor perdonara sus pecados”.Todos salimos de la iglesia, unos mas apresurados que otros. Un grupo de personas, sin embargo, se quedo a tratar asuntos con el párroco, entre ellos vi un hombre. Reste importancia al detalle y volví con mi familia a nuestra casa.
Ya en mi aposento consulte, dentro de la pequeña biblioteca que tengo, un capitulo de Tirante el Blanco en el cual se encuentra en la corte de Constantinopla, me gustaba releerlo de vez en cuando. También tenia un original en lengua catalana que me regalo mi otro tío, Vicente o Vicent, que es como le llaman allí en valencia donde vive.
Llego a Valencia a buscar fortuna, trabajo de ayudante de un abogado, y después se caso con la hija de un noble de la ciudad. Como dote le concedió unas tierras, pero a con una condición: no podría volver a Castilla.
Así que nunca he visto a mi tío Vicente, pero como es letrado, me escribe cartas cuando puede. Me ha comentado muchas cosas de su ciudad (aunque nació en Toro, han pasado muchos años). Me dijo que su negocio iba a sufrir ya que el rey de castilla, como llamaba él a Felipe III, va a expulsar a los moriscos de estas tierras; Cosa que no lo beneficiaba porque tenía a muchos contratados como agricultores. Y también que mucha gente tendría que venirse a estas tierras pues se iban a quedar vacías. Yo por mi parte, como era una persona del campo, poco o nada me importaba los tejemanejes de la política; Pero eso si, si afectaban a mi tío, había que considerarlos.
Mi padre como había sido el primogénito, heredo toda la hacienda familiar; Mi tío Vicente si hizo bachiller y hombre de leyes, aparte de administrar las tierras de su suegro; Y mi tío Alfredo, que era el menor, escogió la carrera militar y era capitán de un tercio que guerreaba contra los Holandeses en Flandes. Ahora, estaba fuera de servicio ya que el rey había dado una tregua a los luteranos y vivía de su pensión, que no era muy alta.
Yo había estudiado bastante y tenía cierta cultura, pero estaba deseoso de comenzar a tomar parte en el negocio familiar. Este consistía en varios viñedos, unos campos de trigo y cebada, y un rebaño de merinas. Mi padre tenía a muchos hombres del pueblo a su cargo, a los cuales pagaba honradamente su dinero. Mi padre me había hablado alguna vez de los encomenderos, que esclavizaban literalmente a las gentes de las indias.
Pensando y llenando mi cabeza de inquietudes deje de leer y fui al despacho de mi padre:
-¿Todo bien padre?- Pregunte con interés.
-Si, pero hay un pequeño problema-
-¿Cual?-
-Que a Lucas le han desaparecido dos ovejas-
-¿Como?- Pregunte extrañando. Lucas era un trabajador eficiente, y lo conocía bien.
-Hay un hueco en el cercado, mandaré repararlo-
Pensó un instante y antes de que yo dijera algo o me fuera añadió: “José, tienes que ir a Zamora a por cuerda. Vuelve antes de la puesta ¿Entendido? “
Y sin contestar, solo asentí, cogí mi caballo, metí un saco con monedas en mi faltriquera y partí hacia Zamora. Como ya era mozo de edad de edad portaba ya una toledana en mi cinto. No tenía mucha experiencia en tales lances, pero había practicado bastante. Pasase lo que pasase, estaría preparado.
En Zamora se había armado un alboroto: Era día de mercado, pero además habían matado a un hombre cerca de la Casa de Juntas. Curiosos y pillos se arremolinaban junto cuerpo mientras el corregidor y sus corchetes intentaban imponer orden. Yo, ajeno a lo que sucedía, fui a mi menester.
Me conocía la ciudad al dedillo, así que sin entretenerme llegue a la tienda de los hermanos Rodríguez, compre diez varas de cuerda y salí de la tienda. Como tenia aun tiempo y estaba harto seco, decidí hacer un alto en una posada cercana. Eran las cinco de la tarde. La posada estaba bastante llena: varios hombres jugaban a las cartas, otros charlaban de juergas y correrías; otros dos, a unos pasos de la posada, discutían a espada el honor de una dama. Para un chaval, un tanto bisoño como era, aquella escena de la posada me resultaba un espectáculo digno de la mejor comedia.
Pague el vino, y sin vacilar tome rumbo hacia Toro, donde mi padre aguardaba la cuerda que había comprado. Nada me paso por el camino que mereciera la pena relatar. Así ví como el sol se escondía por el occidente cuando había llegado a la villa. Llegué frente la puerta y toqué cuatro veces la aldaba, esa era la contraseña con la ama de llaves para que me abriera, y en seguida me abrió la puerta.
La cena estaba servida, deje la cuerda en el almacén y sin más demora comencé a cenar:
-Sabes José, Tu tío Alfredo ha vuelto de Flandes- Comento mi padre al sentarme a la mesa.
-Bien, a ver que nos cuenta de su viaje- Respondí.
Sin más interrupción continuamos la cena. Mi tío Alfredo se alisto en 1585, hace 24 años en el ejército y casi todo ese tiempo lo ha pasado en Flandes peleando contra Tudescos y holandeses. Aquí en España no se tenían muchas noticias del exterior salvo que viajases a mucho a otros países o conocieras a alguien que si que lo hacia. En general, cada uno llevaba su propia vida y nada sabia de fuera del pueblo o ciudad. Yo podía sentirme privilegiado en ese aspecto pues contaba con mis dos tíos, que eran hombres de mundo y habían viajado para conocer cosas del exterior.
Sin embargo mi familia nunca había salido del pueblo: Mi padre siempre andaba atareado con la gestión de la hacienda y mi madre atiende un pequeño puesto en el mercado semanal donde vendía lo que producíamos. Yo ayudo en las tareas de la casa aunque mi padre insiste en que me haga letrado para poder alcanzar una vida mejor que la de campesino. A mi me encantaba leer libros de aventuras con la esperanza de que algún día pudiera vivir una de ellas.
Después de la cena vino mi tío Alfredo a casa, le salude, estuvimos un rato charlando y al poco le deje con mis padres y me fui con mis amigos a holgazanear y a ver a las damas que llegaban al pueblo después de estar todo el día fuera. Yo en estos días contaba con 16 años, aunque debido a mi altura aparentaba más, pero no lo suficiente para entrar en las timbas que había en la taberna el Puerco, famosa en el pueblo. Decía que veía a las damas, aunque a las doncellas humildes también les echaba un ojo. Normalmente se conocía más a estas porque si que se podía hablar con ellas, ya estaban en los campos que rodeaban el pueblo y ofrecían más conversación.
Tres días después, a medio día, llego hacia pueblo un coche de caballos escoltado por 4 jinetes y uno de ellos decía a viva voz: “Apártense, dejen pasar al Santo Oficio”. Desde que el gran Felipe II se agarró a ella para poner en cintura a toda España, La Inquisición y las palabras “Santo Oficio” helaban la sangre del mas pintado.
En mi marcha tranquila por el pueblo esto me altero así que decidí volver a casa lo mas pronto posible, pues me hallaba en un prado algo alejado del pueblo cerca del camino por donde había visto el coche de caballos. Tenía un mal presentimiento, pues era difícil que se presentara la inquisición en un pueblo como este.
Puse camino a casa y cuando llegue, contemple extrañado como nadie caminaba por la calle. Oí un susurro que me llamaba tras unos arbustos: “¡José, ven aquí!”. Fui, no sin miedo hacia la voz, que era mi amigo Marcelino.
-¿Que sucede?- Dije.
-Han venido gente, del Santo Tribunal. Tu padre ha sido prendido.
-No puede ser... ¿Como?-
-Dicen que ha sido acusado de Judaizante-
-No puede ser- Repetí.
-Así es. Yo de ti, pondría pies en polvorosa-
-¡Ayúdame!- exclame asustado.
-No puedo, pero cerca del bosque hay una cabaña abandonada, puede servirte-
-Gracias Marcelino-
-Ve con Dios, José-
Le estreche la mano y caminé campo a través, para encontrar la cabaña esa. Una vez la encontré. La cabaña estaba abandonada, pero estaba robustamente construida y entera. Después tome el camino de vuelta, y a la luz de la tarde fui a mi hogar y comprobé las palabras de mi amigo.
Ahí estaba mi madre a solas llorando desconsolada. Entré a hurtadillas en mi casa y me encontré con mi madre. -Tu padre- Me dijo- Se lo han llevado, y lo van a matar-. Rompió a llorar. La consolé, y cuando se hubo tranquilizado cogí un saco y comencé a llenarlo con provisiones. “¿Te vas, José?” Me pregunto. No conteste. Una vez termine mi hatillo, me senté junto a ella. Me miraba, con sus ojos enrojecidos por el llanto.
-Madre, me buscarán a mí también-
-¿Quien ha podido acusar a tu padre? Con lo gentil y bueno que era-
-Lo averiguare; Mientras, he encontrado un sitio donde puedes estar. Aquí ya no podemos estar mas, pueden detenerte a ti también-
-Me tendré que ir con la tía Amparo a Vigo- Comento entre lágrimas mi madre
-Bien, pero antes, pasa unos días en el sitio que te he dicho, para que no te puedan encontrar.
Dicho esto prepare un segundo atillo para mi madre y puse los dos en el salón, baje al sótano a por los maderos y unas herramientas. Iba a atrancar todas las puertas, para que no entraran en la casa. La cabaña no quedaba lejos de la casa, en una colina cercana, así que tardamos poco en llegar. Deje a mi madre sola. No quería dejarla así, me dolía en el alma, pero no tenia otra opción.
Volví a la casa, atranque las puertas y ventanas y Salí por el cobertizo y lo atranque por fuera. Estaba la casa desierta, los trabajadores habían huido o habrían sido detenidos, no lo se. Pasaron dos horas cuando fui a la plaza central de Toro y contemple la escena que me dejo estupefacto: Estaba mi tío charlando alegremente con el cura que organizaba la detención de mi padre. No podía creerlo… mi propio tío. Mi confusión se transformo en odio cuando pude oír: “Al zagal, buscadlo por aquí. No debe de andar lejos”. Mi vida estaba en peligro, ya tenía edad para ser juzgado como adulto y podía morir en los calabozos debido a la fuerte tortura. Tenia que quitarme de en medio rápidamente. A mi mente llegaban imágenes de mis padres torturados para que confesaran ser judíos y condenarles a la hoguera. Se que posiblemente no era la mejor opción, pero después de esto, volví a la casa y destroce las tablas del cobertizo con una pala que había tirada al suelo. Entre en la casa, cogí papel y tinta, y escribí una nota para mi tío Vicente. Tenia claro cual era mi destino, pero ¿A donde ir?
Mis piernas me obligaban a caminar sin rumbo fijo, por la sensación de ser buscado y observado por todos. Mis pasos me dirigieron a la ermita de San Cristóbal donde me encontré con el padre Mijas. Me dijo que estaba en peligro de muerte, pues eran muchas y variadas las acusaciones que pesaban sobre mi familia; También que me daría cobijo esta noche y que mañana intentara huir, ya que no podía hacer nada más. Por ultimo me pregunto si tenía algún lugar adonde ir, esto ya mientras cenábamos, y le dije que iría a Valencia en la corona de Aragón, porque allí vivía mi tío y también porque la inquisición tenía menos poder que en Castilla. Terminé de cenar, y apenas pude conciliar el sueño.
Al día siguiente tomé el desayuno al alba, y me fui con una montura que me proporciono el padre Mijas. “Ve con Dios, hijo” Me dijo al irme. “Gracias por todo, padre” Le respondí, y sin mas tardar puse rumbo al sur.
Aquí comenzaba mi viaje, durante toda la mañana vi pasar varias ventas y pequeñas aldeas sin detenerme ni un momento. El padre Mijas que era sabio y letrado, me proporcionó unas señas para encontrar mi camino a las tierras de Aragón: Tendría que ir hacia el sur hasta encontrar la villa de Madrid, pasando por Ávila y antes aun por Valladolid. Esta ultima seria la primera que vería. También intenté descansar al raso, para evitar ser detectado por la justicia de la iglesia. En el hatillo, llevaba parte del dinero de que disponíamos en la casa, y la otra parte era para el viaje de mi madre. Por alguna extraña razón mi madre se negó a viajar conmigo, pensaría que seria una carga para mi o que ya era hora de que tomara mi rumbo; Incluso llegue a rogarle de que viniera, pero no accedió.
Pasaron 5 días desde mi marcha de Toro y veía como los llanos castellanos se extendían ante mí y eran inmensos. Ya pase Valladolid y Ávila y me encontraba a los pies de los montes, que al otro lado me conducirían a Madrid. La mañana del 6º día, llegue a un pueblo y pregunte por una ruta para ir hacia Madrid. A los lugareños les extrañó que alguien quisiera ir por aquí a Madrid, en vez de utilizar el Camino Real. Aun así me indicaron amablemente, que cerca del lugar había una cañada que iba directamente a Madrid y que era utilizada para la trashumancia del ganado. Pasé el día en aquel pueblo y recibí de la hospitalidad del tabernero local, partiría a la mañana siguiente y a la noche, posiblemente ya estaría en Madrid. Pasó el día y disfruté de reconfortante cena y mejor compañía. Todo había que decirlo la hija del tabernero era muy hermosa, y por las miradas que me echaba parecía que no solían ir muchas personas por aquel pueblo. Una vez hube cenado, agradecí de nuevo la hospitalidad de Manuel, así se llamaba el tabernero y me fui a dormir a una habitación de las que tenían para huéspedes. Cuando entré, noté la presencia de la hija del tabernero, que con un dulce susurro me dijo: “Acércate José”.
Amaneció el 7º día de viaje o de mi huida, como quieran pensar. Me despedí de Manuel y de Sara, su hija, que en ese momento esperaban mi partida delante de la puerta del local. Volvía a ser Domingo y a medio día oré por mi madre y por mi padre, que nunca los volvería a ver. Gracias a Manuel esa misma noche estaba en las afueras de las murallas de Madrid, al día siguiente entraría a comprar mas provisiones, quizás un queso curado y algo de embutido, y saldría por la puerta este para poner rumbo a Valencia.
Una vez dentro de Madrid, temí que alguien supiera de mi condición de prófugo y pudieran detenerme. Por suerte las noticias solían ir mas despacio, en ocasiones, que una buena montura; Y la mia había aguantado excelentemente todo este tiempo.
Estaba terminando de comprar las provisiones cuando le volví a ver, a mi tío Alfredo: Estaba mejor vestido e iba acompañado de una muchacha bastantes años menor que él.
En cuanto me vió torció el gesto, vi como se disculpo de la chica, y de pronto desenvainó su espada y se dirigió corriendo hacia mí. Sin dudar, me eché el hatillo al hombro y salí corriendo entre la multitud. La carrera duro varios metros, pero desistió y yo finalmente salí por la puerta más cercana que encontré. Perdí la tarde intentando encontrar a mi caballo, y no lo encontré. Después de esto fui a una colina cercana e intente dormir.
En ese mismo instante me sentía bastante decepcionado conmigo mismo y tenia frió y miedo de que me encontrara la inquisición. Mi tío seguramente habrá dado parte al tribunal en Madrid, ya no podría entrar como la otra vez y me buscarían con más ahínco que antes.
Había pasado un poco más de una semana y parecía que había estado toda mi vida vagando. Por suerte seguía vivo, pero por desgracia ahora tendría que encontrar el modo de ir a Valencia sin mi caballo, pues seguramente me lo habrían robado. Tampoco sabia si la carta que escribí a mi tío Vicente había llegado, y por tanto si me esperaba o no. Con estas preocupaciones en mi cabeza reemprendí el camino hacia el reino de Aragón. A medio día me encontraba en la villa de Vicálvaro, cercana a Madrid y en el camino hacia el Este. En ese lugar, y no me siento muy orgulloso, me hice con un caballo robándoselo al dueño de una taberna a punta de cuchillo. Pasó una semana más y venta tras venta mi saco de monedas iba menguando. En ese momento me encontraba en Iniesta; una Villa cercana a la frontera con el reino de Valencia, eso me dijeron los lugareños. Los conocimientos del padre Mijas solo alcanzaban hasta Madrid, el resto del camino me lo hube de organizar preguntando a gentes del lugar que amablemente me indicaban. También evitaba todo contacto con las iglesias que encontraba en el camino ya que tenía la sensación de ser observado constantemente. Es mas, en todos estos días, había cambiado mi forma de pensar. Había madurado y cada persona del camino me había enseñado a su manera. Como comprenderéis, mi opinión acerca de la iglesia se había recrudecido: siendo prófugo, no se cree en la justicia.
A mi segundo caballo, lo cuidaba tanto como podía, y no lo forzaba tanto como al primero, ya que me veía cercano al final. Este era el 16º día de viaje, y me encontraba en un campo fuera de la villa de Iniesta, descansando del viaje por donde los lugareños llaman Castilla la nueva, pues fue conquistada a los moros hará unos 300 años. El clima era más calido que en las tierras donde vivía yo, allá en Zamora, y apenas llovía. A mediodía volví al pueblo para pedir algunas monedas para el resto del camino. Estaba cerca de la plaza del mercado. Mi atillo solo tenia media hogaza de pan y algo de carne seca, como mucho podría aguantar dos días más, eso si, racionando bastante. Mi caballo comía de los campos que atravesamos, al no ir por los caminos. Conseguí suficientes monedas para ampliar mi bolsa y así poder comer algo de caliente en el pueblo y llenar el atillo.
A media tarde, cuando la gente se disponía a volver a sus casas, vi una figura al fondo de la calle. Me costó reconocerle, pero cuando lo hice, maldije al cielo y a todos los santos.
Era mi tío Alfredo de nuevo y parece ser que había decidido ejercer la justicia en su propio nombre. Dicen que la codicia no tiene límites, porque el último límite es la muerte. Él había hecho este viaje de cientos de leguas solamente para asegurar la hacienda familiar, que había conseguido mintiendo y acusando, y que por ser un segundón, nunca habrá tenido legítimamente. Rápidamente se puso enfrente y me corto la posible huida, que por otra parte imposible por la cantidad de gente que aun estaba por allí. Sin decir nada, me pegó un puñetazo en el estómago, del golpe, caí al suelo. En el suelo me propinó una patada en la cara. Me dolía muchísimo y estaba sangrando por la boca. Automáticamente después me levanto, me puso cara a él y me dijo mientras me zarandeaba: “No eres mas que escoria, deberías haber muerto como tus padres como la chusma que eres”. En ese momento, reuní fuerzas de flaqueza, cogí su puñal que tenia en el cinto y se lo clave en el pecho. Caímos hacia mi espalda y murió sobre mí
En cuanto pude me quite de encima el cadáver de mi tío y pude ver como todo el pueblo contemplaba con atención el horrible espectáculo que yo estaba viviendo. Quedé de rodillas en el suelo, esperando algo que finalizara la situación. De pronto recordé las palabras de mi tío y eche a llorar. Mi madre nunca llegaría a Vigo con mi tía Amparo.
Todavía llevaba el puñal con el que había matado a mi tío. Lo escondí en mi jubón y con lento caminar volví hacia donde tenia atado a mi caballo. La gente lentamente se iba dispersando entre susurros. Nadie me detuvo, nadie me dijo nada. Tenia a un pueblo entero de testigos, me había defendido de la brutal paliza que acababa de recibir. Llegué a mi caballo y una señora me invito a ir a su posada para curar mis heridas y cenar un e poco. Las atenciones y la comida mejoraron mi ánimo, estaba feliz. Mis problemas habían desaparecido y ya estaba muy cerca de mi objetivo. Por primera vez durante estos días pude dormir completamente en una noche.
La última parte del camino, prometía ser menos complicada que la anterior, aunque tenía que volver a ir por los montes que separaban los dos reinos. El rey reinaba con puño de hierro en Castilla, bueno, mas bien su valido el Duque de Lerma; Pero en Aragón y Navarra se organizaban en sus propias leyes y organizaciones, incluso en América donde los virreyes tenían plenos poderes. En cuanto estuve en los montes comprendí, que me iba a ser algo duro atravesarlos, incluso usando los caminos transitados. En Iniesta me dieron las últimas indicaciones que necesitaba para llegar a Valencia, pues había gente que conocía bien esas rutas.
Habían pasado ya 19 días de viaje y estaba en frente de la frontera, pero no había puestos ni nada parecido. Comprendí, que ya estaba en Aragón cuando atravesé una aldea en la que no ondeaba el emblema de Castilla. El día 21 llegué al pueblo de Utiel, donde paré a descansar después de dos días de marcha dura por los montes. Por tercera vez, pude cenar y dormir en una posada. Al día siguiente partí de Utiel hacia Valencia. Me dijeron allí que tardaría unos 3 días en llegar a Valencia si tenía un caballo con nervio. Mi caballo había sufrido conmigo el camino desde Vicalvaro, así que decidí no exigirle demasiado.
El día 26 de mi aventura, como hiciera en su tiempo el Cid campeador, entré en la ciudad de valencia. Ahora solo quedaba encontrar su casa. Mi tío me comentó en una carta que él era yerno del Marques del Turia, un aristócrata muy importante en la ciudad. Así que mi primer movimiento seria encontrar la pista del Marques, para entonces buscar a mi tío.
Obviamente no me costo mucho que alguien me dijera donde vivía el Marques, pero no conocían a mi tío. El Marques tenia un palacio fuera de las murallas de la ciudad, aunque no muy alejado, en el margen sur del río. Eran las tres de la tarde y soplaba una ligera brisa marinera. Supongo que seria marinera pues podía ver la costa desde donde me encontraba, cosa que no había visto nunca.
Llamé a la puerta y el mayordomo me atendió. Amablemente intente que me dijera el paradero de mi tío, cosa que el hombre se negó en rotundo. Entonces iba irme del lugar, cuando llego el correo del Marques, y yo me quede cerca para curiosear. El correo le entrego unos pergaminos sellados al mayordomo e intercambiaron algunas palabras. Cuando acabaron y el correo se fue, le aborde como bien pude y le pedí que me diera la dirección de mi tío y le resumí mi situación. En su situación, yo mismo me habrá negado ¿Quien era ese chico desconocido que buscaba a don Vicente, y porque me cuanta su vida? Finalmente, accedió a decírmelo, supongo que no vería malas intenciones en mí. Teniendo la dirección solo quedaba saludar a mi tío. Me fui de la mansión del Marques del Turia con la esperanza de ver hoy mismo a mi tío Vicente.
El sol ya se ponía sobre el horizonte cuando vi la casa: Tenia dos plantas, tejado de teja, y paredes blancas de cal. La puerta era una doble, parecía de buena calidad, de color marrón oscuro. Me quedé un instante contemplando las puertas como si fueran las mismas puertas del cielo. Por fin había llegado al final de mi viaje. Llamé a la puerta y me abrió su ama de llaves, me miro de arriba a abajo y me dijo: “¿Que quieres, zagal?” A lo que conteste “Vengo a ver a Vicente Obreiro” Inmediatamente la mujer me hizo gesto de que aguardara en la puerta y se fue a buscar a mi tío. Una vez hecho, me hizo pasar al recibidor y allí estaba delante de mí: Traje elegante, pelo recogido en una diminuta coleta, ojos verdes como los míos, y era bastante alto. A su lado su esposa, al fondo se podía escuchar los gritos de los niños, de mis primos suponía.
-¿Quien eres, un mensajero?- Dijo al momento Vicente.
-No señor, soy su sobrino de Toro-
-José…No puede ser-
Mi tía se acerco un poco a mí y dijo.
-Cariño, si que es él. No hay duda, es la viva imagen de tu hermano-
-Lamento el error José, pero ¿Que te ha traído hasta aquí?-
Automáticamente le comente todo lo sucedido con todo detalle. Su cara mostró indignación por lo de su hermano Alfredo y después se entristeció por su otro hermano que ya no estaba en este mundo y añadió
-No nos veíamos desde que me marche de Toro, pero yo quería muchísimo a tus padres y te acompaño en el sentimiento- A lo que asentí entristecido.
-Ven José, la cena ya esta servida- me dijo mi tía.
-Gracias por acogerme, no tengo ningún lugar a donde ir-
-Tranquilo, ya estas en casa- Sentencio mi tío Vicente.
Ya en la mesa estuvimos charlando de muchas cosas. Me contó a que se dedicaba aquí en valencia, y cosas cotidianas de la vida aquí. Mientras cenaba pude observar como mis primos me echaban miradas curiosas a todo lo que yo hacia, sobre todo el pequeño de los tres, que se llamaba Lucas. Después de cenar me fui derecho a la habitación que me había cedido mi tío, no sin antes conocer un poco la casa que me la enseño el mayor de mis primos que tendría la misma edad que yo.
En fin, esta el la historia del viaje que cambio mi vida radicalmente. Me dijeron un día que no se debe juzgar un camino hasta que no se llega hasta el final del mismo; Por mi parte la necesidad me obligo a huir de mi tierra y mi hogar, aun siendo inocente. Ahora mismo mi vida ha cambiado ya no soy aquel mozo bisoño que se reía viendo peleas de tasca, ni el que hacia los recados de mi padre. Tengo 35 años y tengo tierras propias gracias a la ayuda de mi tío Vicente, y también un grupo de trabajadores para llevarlas adelante. Estoy casado y tengo una preciosa niña. Todavía hoy, pienso en mis padres y en todo lo que perdí por la ambición de mi tío Alfredo, que seguramente esté de camino al infierno. Pero como dice el dicho. No hay mal que por bien no venga, he logrado superarlo día a día y aun sigo mi camino.
Enviada por Astarloa
11/12/07
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1 comentario:
Hola sumlaris, me encanta el tema del blog y quiero que sepas que contribuire de la mayor forma que pueda. utilizare este blog para promorcianarnos literariamente ( dare caña por la red). Tan solo un pero: Cambia los colores del blog, que se parece sospechosamente a los del blog de akelarre.
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