11/12/07

¡Bienvenidos!

¡Hola a todos!
Este blog es para aquellos que se pasan horas y horas segudas leyendo sin parar, para aquellos que no pueden dejar un libro a medias, para todos aquellos, en suma, que disfrutan con los libros. Me encanta escribir, y he pensado que tal vez os gustaría leer algunas de mis historias. También podeís enviarme las vuestras para que las cuelgue. Aceptaré cualquier historia, salvo las que puedan herir las sensibilidades de la gente. O sea, ni escatologías ni sexo, por favor. Si os gusta alguna serie de televisión o de libros y quereís enviarme un FanFic, los aceptaré encantado. No hace falta que sean obras maestras (y, si no os lo creeís, mirad mis propias historias xDD), basta con que sean originales. También podeís enviarme vuestros dibujos e intentaré colgarlos- si encuentro el modo, claro-, para ilustrar vuestras historias.
Gracias por visitar el blog, espero vuestra contribuciones con impaciencia.

LA JUSTA HUIDA

LA JUSTA HUIDA


Tocaban las campanas en la iglesia de mi pueblo, Toro; Era domingo y tocaban misa. Yo soy José Obreiro, y estamos en el año de nuestro señor de 1609.
Acudían a la iglesia toda la gente de los alrededores: caballeros y campesinos, damas y criadas. Oficia el buen Padre Gregorio Mijas, que era tan bueno en el verbo como en sus actos. Yo estaba en la iglesia con mi padre y mi madre, pues no tenia hermanos, ocupando la quinta fila de la parte derecha.
En el sermón de hoy se hablaba de la huida de la virgen Maria, José y el niño Jesús, perseguidos por herodes, debido a que este había ordenado matar a todos los niños menores de cuatro años. El padre Mijas explicaba los pasajes con mucha habilidad y el hombre gozaba de buen discurso, y daba el ritmo adecuado a cada palabra: realmente ponía toda su dedicación en la predicación.
Como decía, todo buen cristiano de la zona estaba bajo el mismo techo. Y yo estaba distraído apenas sin atender a las palabras dirigí mi mirada a la bóveda de la iglesia mientras oía el sermón del padre Mijas. Un rato después, no sabría deciros cuanto, el padre termino la misa diciendo: “bienaventurados los perseguidos por la justicia, pues el señor perdonara sus pecados”.Todos salimos de la iglesia, unos mas apresurados que otros. Un grupo de personas, sin embargo, se quedo a tratar asuntos con el párroco, entre ellos vi un hombre. Reste importancia al detalle y volví con mi familia a nuestra casa.
Ya en mi aposento consulte, dentro de la pequeña biblioteca que tengo, un capitulo de Tirante el Blanco en el cual se encuentra en la corte de Constantinopla, me gustaba releerlo de vez en cuando. También tenia un original en lengua catalana que me regalo mi otro tío, Vicente o Vicent, que es como le llaman allí en valencia donde vive.
Llego a Valencia a buscar fortuna, trabajo de ayudante de un abogado, y después se caso con la hija de un noble de la ciudad. Como dote le concedió unas tierras, pero a con una condición: no podría volver a Castilla.
Así que nunca he visto a mi tío Vicente, pero como es letrado, me escribe cartas cuando puede. Me ha comentado muchas cosas de su ciudad (aunque nació en Toro, han pasado muchos años). Me dijo que su negocio iba a sufrir ya que el rey de castilla, como llamaba él a Felipe III, va a expulsar a los moriscos de estas tierras; Cosa que no lo beneficiaba porque tenía a muchos contratados como agricultores. Y también que mucha gente tendría que venirse a estas tierras pues se iban a quedar vacías. Yo por mi parte, como era una persona del campo, poco o nada me importaba los tejemanejes de la política; Pero eso si, si afectaban a mi tío, había que considerarlos.
Mi padre como había sido el primogénito, heredo toda la hacienda familiar; Mi tío Vicente si hizo bachiller y hombre de leyes, aparte de administrar las tierras de su suegro; Y mi tío Alfredo, que era el menor, escogió la carrera militar y era capitán de un tercio que guerreaba contra los Holandeses en Flandes. Ahora, estaba fuera de servicio ya que el rey había dado una tregua a los luteranos y vivía de su pensión, que no era muy alta.
Yo había estudiado bastante y tenía cierta cultura, pero estaba deseoso de comenzar a tomar parte en el negocio familiar. Este consistía en varios viñedos, unos campos de trigo y cebada, y un rebaño de merinas. Mi padre tenía a muchos hombres del pueblo a su cargo, a los cuales pagaba honradamente su dinero. Mi padre me había hablado alguna vez de los encomenderos, que esclavizaban literalmente a las gentes de las indias.
Pensando y llenando mi cabeza de inquietudes deje de leer y fui al despacho de mi padre:
-¿Todo bien padre?- Pregunte con interés.
-Si, pero hay un pequeño problema-
-¿Cual?-
-Que a Lucas le han desaparecido dos ovejas-
-¿Como?- Pregunte extrañando. Lucas era un trabajador eficiente, y lo conocía bien.
-Hay un hueco en el cercado, mandaré repararlo-
Pensó un instante y antes de que yo dijera algo o me fuera añadió: “José, tienes que ir a Zamora a por cuerda. Vuelve antes de la puesta ¿Entendido? “
Y sin contestar, solo asentí, cogí mi caballo, metí un saco con monedas en mi faltriquera y partí hacia Zamora. Como ya era mozo de edad de edad portaba ya una toledana en mi cinto. No tenía mucha experiencia en tales lances, pero había practicado bastante. Pasase lo que pasase, estaría preparado.
En Zamora se había armado un alboroto: Era día de mercado, pero además habían matado a un hombre cerca de la Casa de Juntas. Curiosos y pillos se arremolinaban junto cuerpo mientras el corregidor y sus corchetes intentaban imponer orden. Yo, ajeno a lo que sucedía, fui a mi menester.
Me conocía la ciudad al dedillo, así que sin entretenerme llegue a la tienda de los hermanos Rodríguez, compre diez varas de cuerda y salí de la tienda. Como tenia aun tiempo y estaba harto seco, decidí hacer un alto en una posada cercana. Eran las cinco de la tarde. La posada estaba bastante llena: varios hombres jugaban a las cartas, otros charlaban de juergas y correrías; otros dos, a unos pasos de la posada, discutían a espada el honor de una dama. Para un chaval, un tanto bisoño como era, aquella escena de la posada me resultaba un espectáculo digno de la mejor comedia.
Pague el vino, y sin vacilar tome rumbo hacia Toro, donde mi padre aguardaba la cuerda que había comprado. Nada me paso por el camino que mereciera la pena relatar. Así ví como el sol se escondía por el occidente cuando había llegado a la villa. Llegué frente la puerta y toqué cuatro veces la aldaba, esa era la contraseña con la ama de llaves para que me abriera, y en seguida me abrió la puerta.
La cena estaba servida, deje la cuerda en el almacén y sin más demora comencé a cenar:
-Sabes José, Tu tío Alfredo ha vuelto de Flandes- Comento mi padre al sentarme a la mesa.
-Bien, a ver que nos cuenta de su viaje- Respondí.
Sin más interrupción continuamos la cena. Mi tío Alfredo se alisto en 1585, hace 24 años en el ejército y casi todo ese tiempo lo ha pasado en Flandes peleando contra Tudescos y holandeses. Aquí en España no se tenían muchas noticias del exterior salvo que viajases a mucho a otros países o conocieras a alguien que si que lo hacia. En general, cada uno llevaba su propia vida y nada sabia de fuera del pueblo o ciudad. Yo podía sentirme privilegiado en ese aspecto pues contaba con mis dos tíos, que eran hombres de mundo y habían viajado para conocer cosas del exterior.
Sin embargo mi familia nunca había salido del pueblo: Mi padre siempre andaba atareado con la gestión de la hacienda y mi madre atiende un pequeño puesto en el mercado semanal donde vendía lo que producíamos. Yo ayudo en las tareas de la casa aunque mi padre insiste en que me haga letrado para poder alcanzar una vida mejor que la de campesino. A mi me encantaba leer libros de aventuras con la esperanza de que algún día pudiera vivir una de ellas.
Después de la cena vino mi tío Alfredo a casa, le salude, estuvimos un rato charlando y al poco le deje con mis padres y me fui con mis amigos a holgazanear y a ver a las damas que llegaban al pueblo después de estar todo el día fuera. Yo en estos días contaba con 16 años, aunque debido a mi altura aparentaba más, pero no lo suficiente para entrar en las timbas que había en la taberna el Puerco, famosa en el pueblo. Decía que veía a las damas, aunque a las doncellas humildes también les echaba un ojo. Normalmente se conocía más a estas porque si que se podía hablar con ellas, ya estaban en los campos que rodeaban el pueblo y ofrecían más conversación.
Tres días después, a medio día, llego hacia pueblo un coche de caballos escoltado por 4 jinetes y uno de ellos decía a viva voz: “Apártense, dejen pasar al Santo Oficio”. Desde que el gran Felipe II se agarró a ella para poner en cintura a toda España, La Inquisición y las palabras “Santo Oficio” helaban la sangre del mas pintado.
En mi marcha tranquila por el pueblo esto me altero así que decidí volver a casa lo mas pronto posible, pues me hallaba en un prado algo alejado del pueblo cerca del camino por donde había visto el coche de caballos. Tenía un mal presentimiento, pues era difícil que se presentara la inquisición en un pueblo como este.
Puse camino a casa y cuando llegue, contemple extrañado como nadie caminaba por la calle. Oí un susurro que me llamaba tras unos arbustos: “¡José, ven aquí!”. Fui, no sin miedo hacia la voz, que era mi amigo Marcelino.
-¿Que sucede?- Dije.
-Han venido gente, del Santo Tribunal. Tu padre ha sido prendido.
-No puede ser... ¿Como?-
-Dicen que ha sido acusado de Judaizante-
-No puede ser- Repetí.
-Así es. Yo de ti, pondría pies en polvorosa-
-¡Ayúdame!- exclame asustado.
-No puedo, pero cerca del bosque hay una cabaña abandonada, puede servirte-
-Gracias Marcelino-
-Ve con Dios, José-
Le estreche la mano y caminé campo a través, para encontrar la cabaña esa. Una vez la encontré. La cabaña estaba abandonada, pero estaba robustamente construida y entera. Después tome el camino de vuelta, y a la luz de la tarde fui a mi hogar y comprobé las palabras de mi amigo.
Ahí estaba mi madre a solas llorando desconsolada. Entré a hurtadillas en mi casa y me encontré con mi madre. -Tu padre- Me dijo- Se lo han llevado, y lo van a matar-. Rompió a llorar. La consolé, y cuando se hubo tranquilizado cogí un saco y comencé a llenarlo con provisiones. “¿Te vas, José?” Me pregunto. No conteste. Una vez termine mi hatillo, me senté junto a ella. Me miraba, con sus ojos enrojecidos por el llanto.
-Madre, me buscarán a mí también-
-¿Quien ha podido acusar a tu padre? Con lo gentil y bueno que era-
-Lo averiguare; Mientras, he encontrado un sitio donde puedes estar. Aquí ya no podemos estar mas, pueden detenerte a ti también-
-Me tendré que ir con la tía Amparo a Vigo- Comento entre lágrimas mi madre
-Bien, pero antes, pasa unos días en el sitio que te he dicho, para que no te puedan encontrar.
Dicho esto prepare un segundo atillo para mi madre y puse los dos en el salón, baje al sótano a por los maderos y unas herramientas. Iba a atrancar todas las puertas, para que no entraran en la casa. La cabaña no quedaba lejos de la casa, en una colina cercana, así que tardamos poco en llegar. Deje a mi madre sola. No quería dejarla así, me dolía en el alma, pero no tenia otra opción.
Volví a la casa, atranque las puertas y ventanas y Salí por el cobertizo y lo atranque por fuera. Estaba la casa desierta, los trabajadores habían huido o habrían sido detenidos, no lo se. Pasaron dos horas cuando fui a la plaza central de Toro y contemple la escena que me dejo estupefacto: Estaba mi tío charlando alegremente con el cura que organizaba la detención de mi padre. No podía creerlo… mi propio tío. Mi confusión se transformo en odio cuando pude oír: “Al zagal, buscadlo por aquí. No debe de andar lejos”. Mi vida estaba en peligro, ya tenía edad para ser juzgado como adulto y podía morir en los calabozos debido a la fuerte tortura. Tenia que quitarme de en medio rápidamente. A mi mente llegaban imágenes de mis padres torturados para que confesaran ser judíos y condenarles a la hoguera. Se que posiblemente no era la mejor opción, pero después de esto, volví a la casa y destroce las tablas del cobertizo con una pala que había tirada al suelo. Entre en la casa, cogí papel y tinta, y escribí una nota para mi tío Vicente. Tenia claro cual era mi destino, pero ¿A donde ir?
Mis piernas me obligaban a caminar sin rumbo fijo, por la sensación de ser buscado y observado por todos. Mis pasos me dirigieron a la ermita de San Cristóbal donde me encontré con el padre Mijas. Me dijo que estaba en peligro de muerte, pues eran muchas y variadas las acusaciones que pesaban sobre mi familia; También que me daría cobijo esta noche y que mañana intentara huir, ya que no podía hacer nada más. Por ultimo me pregunto si tenía algún lugar adonde ir, esto ya mientras cenábamos, y le dije que iría a Valencia en la corona de Aragón, porque allí vivía mi tío y también porque la inquisición tenía menos poder que en Castilla. Terminé de cenar, y apenas pude conciliar el sueño.
Al día siguiente tomé el desayuno al alba, y me fui con una montura que me proporciono el padre Mijas. “Ve con Dios, hijo” Me dijo al irme. “Gracias por todo, padre” Le respondí, y sin mas tardar puse rumbo al sur.
Aquí comenzaba mi viaje, durante toda la mañana vi pasar varias ventas y pequeñas aldeas sin detenerme ni un momento. El padre Mijas que era sabio y letrado, me proporcionó unas señas para encontrar mi camino a las tierras de Aragón: Tendría que ir hacia el sur hasta encontrar la villa de Madrid, pasando por Ávila y antes aun por Valladolid. Esta ultima seria la primera que vería. También intenté descansar al raso, para evitar ser detectado por la justicia de la iglesia. En el hatillo, llevaba parte del dinero de que disponíamos en la casa, y la otra parte era para el viaje de mi madre. Por alguna extraña razón mi madre se negó a viajar conmigo, pensaría que seria una carga para mi o que ya era hora de que tomara mi rumbo; Incluso llegue a rogarle de que viniera, pero no accedió.
Pasaron 5 días desde mi marcha de Toro y veía como los llanos castellanos se extendían ante mí y eran inmensos. Ya pase Valladolid y Ávila y me encontraba a los pies de los montes, que al otro lado me conducirían a Madrid. La mañana del 6º día, llegue a un pueblo y pregunte por una ruta para ir hacia Madrid. A los lugareños les extrañó que alguien quisiera ir por aquí a Madrid, en vez de utilizar el Camino Real. Aun así me indicaron amablemente, que cerca del lugar había una cañada que iba directamente a Madrid y que era utilizada para la trashumancia del ganado. Pasé el día en aquel pueblo y recibí de la hospitalidad del tabernero local, partiría a la mañana siguiente y a la noche, posiblemente ya estaría en Madrid. Pasó el día y disfruté de reconfortante cena y mejor compañía. Todo había que decirlo la hija del tabernero era muy hermosa, y por las miradas que me echaba parecía que no solían ir muchas personas por aquel pueblo. Una vez hube cenado, agradecí de nuevo la hospitalidad de Manuel, así se llamaba el tabernero y me fui a dormir a una habitación de las que tenían para huéspedes. Cuando entré, noté la presencia de la hija del tabernero, que con un dulce susurro me dijo: “Acércate José”.
Amaneció el 7º día de viaje o de mi huida, como quieran pensar. Me despedí de Manuel y de Sara, su hija, que en ese momento esperaban mi partida delante de la puerta del local. Volvía a ser Domingo y a medio día oré por mi madre y por mi padre, que nunca los volvería a ver. Gracias a Manuel esa misma noche estaba en las afueras de las murallas de Madrid, al día siguiente entraría a comprar mas provisiones, quizás un queso curado y algo de embutido, y saldría por la puerta este para poner rumbo a Valencia.
Una vez dentro de Madrid, temí que alguien supiera de mi condición de prófugo y pudieran detenerme. Por suerte las noticias solían ir mas despacio, en ocasiones, que una buena montura; Y la mia había aguantado excelentemente todo este tiempo.
Estaba terminando de comprar las provisiones cuando le volví a ver, a mi tío Alfredo: Estaba mejor vestido e iba acompañado de una muchacha bastantes años menor que él.
En cuanto me vió torció el gesto, vi como se disculpo de la chica, y de pronto desenvainó su espada y se dirigió corriendo hacia mí. Sin dudar, me eché el hatillo al hombro y salí corriendo entre la multitud. La carrera duro varios metros, pero desistió y yo finalmente salí por la puerta más cercana que encontré. Perdí la tarde intentando encontrar a mi caballo, y no lo encontré. Después de esto fui a una colina cercana e intente dormir.
En ese mismo instante me sentía bastante decepcionado conmigo mismo y tenia frió y miedo de que me encontrara la inquisición. Mi tío seguramente habrá dado parte al tribunal en Madrid, ya no podría entrar como la otra vez y me buscarían con más ahínco que antes.
Había pasado un poco más de una semana y parecía que había estado toda mi vida vagando. Por suerte seguía vivo, pero por desgracia ahora tendría que encontrar el modo de ir a Valencia sin mi caballo, pues seguramente me lo habrían robado. Tampoco sabia si la carta que escribí a mi tío Vicente había llegado, y por tanto si me esperaba o no. Con estas preocupaciones en mi cabeza reemprendí el camino hacia el reino de Aragón. A medio día me encontraba en la villa de Vicálvaro, cercana a Madrid y en el camino hacia el Este. En ese lugar, y no me siento muy orgulloso, me hice con un caballo robándoselo al dueño de una taberna a punta de cuchillo. Pasó una semana más y venta tras venta mi saco de monedas iba menguando. En ese momento me encontraba en Iniesta; una Villa cercana a la frontera con el reino de Valencia, eso me dijeron los lugareños. Los conocimientos del padre Mijas solo alcanzaban hasta Madrid, el resto del camino me lo hube de organizar preguntando a gentes del lugar que amablemente me indicaban. También evitaba todo contacto con las iglesias que encontraba en el camino ya que tenía la sensación de ser observado constantemente. Es mas, en todos estos días, había cambiado mi forma de pensar. Había madurado y cada persona del camino me había enseñado a su manera. Como comprenderéis, mi opinión acerca de la iglesia se había recrudecido: siendo prófugo, no se cree en la justicia.
A mi segundo caballo, lo cuidaba tanto como podía, y no lo forzaba tanto como al primero, ya que me veía cercano al final. Este era el 16º día de viaje, y me encontraba en un campo fuera de la villa de Iniesta, descansando del viaje por donde los lugareños llaman Castilla la nueva, pues fue conquistada a los moros hará unos 300 años. El clima era más calido que en las tierras donde vivía yo, allá en Zamora, y apenas llovía. A mediodía volví al pueblo para pedir algunas monedas para el resto del camino. Estaba cerca de la plaza del mercado. Mi atillo solo tenia media hogaza de pan y algo de carne seca, como mucho podría aguantar dos días más, eso si, racionando bastante. Mi caballo comía de los campos que atravesamos, al no ir por los caminos. Conseguí suficientes monedas para ampliar mi bolsa y así poder comer algo de caliente en el pueblo y llenar el atillo.
A media tarde, cuando la gente se disponía a volver a sus casas, vi una figura al fondo de la calle. Me costó reconocerle, pero cuando lo hice, maldije al cielo y a todos los santos.
Era mi tío Alfredo de nuevo y parece ser que había decidido ejercer la justicia en su propio nombre. Dicen que la codicia no tiene límites, porque el último límite es la muerte. Él había hecho este viaje de cientos de leguas solamente para asegurar la hacienda familiar, que había conseguido mintiendo y acusando, y que por ser un segundón, nunca habrá tenido legítimamente. Rápidamente se puso enfrente y me corto la posible huida, que por otra parte imposible por la cantidad de gente que aun estaba por allí. Sin decir nada, me pegó un puñetazo en el estómago, del golpe, caí al suelo. En el suelo me propinó una patada en la cara. Me dolía muchísimo y estaba sangrando por la boca. Automáticamente después me levanto, me puso cara a él y me dijo mientras me zarandeaba: “No eres mas que escoria, deberías haber muerto como tus padres como la chusma que eres”. En ese momento, reuní fuerzas de flaqueza, cogí su puñal que tenia en el cinto y se lo clave en el pecho. Caímos hacia mi espalda y murió sobre mí
En cuanto pude me quite de encima el cadáver de mi tío y pude ver como todo el pueblo contemplaba con atención el horrible espectáculo que yo estaba viviendo. Quedé de rodillas en el suelo, esperando algo que finalizara la situación. De pronto recordé las palabras de mi tío y eche a llorar. Mi madre nunca llegaría a Vigo con mi tía Amparo.
Todavía llevaba el puñal con el que había matado a mi tío. Lo escondí en mi jubón y con lento caminar volví hacia donde tenia atado a mi caballo. La gente lentamente se iba dispersando entre susurros. Nadie me detuvo, nadie me dijo nada. Tenia a un pueblo entero de testigos, me había defendido de la brutal paliza que acababa de recibir. Llegué a mi caballo y una señora me invito a ir a su posada para curar mis heridas y cenar un e poco. Las atenciones y la comida mejoraron mi ánimo, estaba feliz. Mis problemas habían desaparecido y ya estaba muy cerca de mi objetivo. Por primera vez durante estos días pude dormir completamente en una noche.
La última parte del camino, prometía ser menos complicada que la anterior, aunque tenía que volver a ir por los montes que separaban los dos reinos. El rey reinaba con puño de hierro en Castilla, bueno, mas bien su valido el Duque de Lerma; Pero en Aragón y Navarra se organizaban en sus propias leyes y organizaciones, incluso en América donde los virreyes tenían plenos poderes. En cuanto estuve en los montes comprendí, que me iba a ser algo duro atravesarlos, incluso usando los caminos transitados. En Iniesta me dieron las últimas indicaciones que necesitaba para llegar a Valencia, pues había gente que conocía bien esas rutas.
Habían pasado ya 19 días de viaje y estaba en frente de la frontera, pero no había puestos ni nada parecido. Comprendí, que ya estaba en Aragón cuando atravesé una aldea en la que no ondeaba el emblema de Castilla. El día 21 llegué al pueblo de Utiel, donde paré a descansar después de dos días de marcha dura por los montes. Por tercera vez, pude cenar y dormir en una posada. Al día siguiente partí de Utiel hacia Valencia. Me dijeron allí que tardaría unos 3 días en llegar a Valencia si tenía un caballo con nervio. Mi caballo había sufrido conmigo el camino desde Vicalvaro, así que decidí no exigirle demasiado.
El día 26 de mi aventura, como hiciera en su tiempo el Cid campeador, entré en la ciudad de valencia. Ahora solo quedaba encontrar su casa. Mi tío me comentó en una carta que él era yerno del Marques del Turia, un aristócrata muy importante en la ciudad. Así que mi primer movimiento seria encontrar la pista del Marques, para entonces buscar a mi tío.
Obviamente no me costo mucho que alguien me dijera donde vivía el Marques, pero no conocían a mi tío. El Marques tenia un palacio fuera de las murallas de la ciudad, aunque no muy alejado, en el margen sur del río. Eran las tres de la tarde y soplaba una ligera brisa marinera. Supongo que seria marinera pues podía ver la costa desde donde me encontraba, cosa que no había visto nunca.
Llamé a la puerta y el mayordomo me atendió. Amablemente intente que me dijera el paradero de mi tío, cosa que el hombre se negó en rotundo. Entonces iba irme del lugar, cuando llego el correo del Marques, y yo me quede cerca para curiosear. El correo le entrego unos pergaminos sellados al mayordomo e intercambiaron algunas palabras. Cuando acabaron y el correo se fue, le aborde como bien pude y le pedí que me diera la dirección de mi tío y le resumí mi situación. En su situación, yo mismo me habrá negado ¿Quien era ese chico desconocido que buscaba a don Vicente, y porque me cuanta su vida? Finalmente, accedió a decírmelo, supongo que no vería malas intenciones en mí. Teniendo la dirección solo quedaba saludar a mi tío. Me fui de la mansión del Marques del Turia con la esperanza de ver hoy mismo a mi tío Vicente.
El sol ya se ponía sobre el horizonte cuando vi la casa: Tenia dos plantas, tejado de teja, y paredes blancas de cal. La puerta era una doble, parecía de buena calidad, de color marrón oscuro. Me quedé un instante contemplando las puertas como si fueran las mismas puertas del cielo. Por fin había llegado al final de mi viaje. Llamé a la puerta y me abrió su ama de llaves, me miro de arriba a abajo y me dijo: “¿Que quieres, zagal?” A lo que conteste “Vengo a ver a Vicente Obreiro” Inmediatamente la mujer me hizo gesto de que aguardara en la puerta y se fue a buscar a mi tío. Una vez hecho, me hizo pasar al recibidor y allí estaba delante de mí: Traje elegante, pelo recogido en una diminuta coleta, ojos verdes como los míos, y era bastante alto. A su lado su esposa, al fondo se podía escuchar los gritos de los niños, de mis primos suponía.
-¿Quien eres, un mensajero?- Dijo al momento Vicente.
-No señor, soy su sobrino de Toro-
-José…No puede ser-
Mi tía se acerco un poco a mí y dijo.
-Cariño, si que es él. No hay duda, es la viva imagen de tu hermano-
-Lamento el error José, pero ¿Que te ha traído hasta aquí?-
Automáticamente le comente todo lo sucedido con todo detalle. Su cara mostró indignación por lo de su hermano Alfredo y después se entristeció por su otro hermano que ya no estaba en este mundo y añadió
-No nos veíamos desde que me marche de Toro, pero yo quería muchísimo a tus padres y te acompaño en el sentimiento- A lo que asentí entristecido.
-Ven José, la cena ya esta servida- me dijo mi tía.
-Gracias por acogerme, no tengo ningún lugar a donde ir-
-Tranquilo, ya estas en casa- Sentencio mi tío Vicente.
Ya en la mesa estuvimos charlando de muchas cosas. Me contó a que se dedicaba aquí en valencia, y cosas cotidianas de la vida aquí. Mientras cenaba pude observar como mis primos me echaban miradas curiosas a todo lo que yo hacia, sobre todo el pequeño de los tres, que se llamaba Lucas. Después de cenar me fui derecho a la habitación que me había cedido mi tío, no sin antes conocer un poco la casa que me la enseño el mayor de mis primos que tendría la misma edad que yo.
En fin, esta el la historia del viaje que cambio mi vida radicalmente. Me dijeron un día que no se debe juzgar un camino hasta que no se llega hasta el final del mismo; Por mi parte la necesidad me obligo a huir de mi tierra y mi hogar, aun siendo inocente. Ahora mismo mi vida ha cambiado ya no soy aquel mozo bisoño que se reía viendo peleas de tasca, ni el que hacia los recados de mi padre. Tengo 35 años y tengo tierras propias gracias a la ayuda de mi tío Vicente, y también un grupo de trabajadores para llevarlas adelante. Estoy casado y tengo una preciosa niña. Todavía hoy, pienso en mis padres y en todo lo que perdí por la ambición de mi tío Alfredo, que seguramente esté de camino al infierno. Pero como dice el dicho. No hay mal que por bien no venga, he logrado superarlo día a día y aun sigo mi camino.

Enviada por Astarloa

10/12/07

EIREN, EL MALDITO

EIREN, EL MALDITO.

Mi nombre es Eiren, el Maldito. Estoy condenado a vagar por toda la eternidad entre las más aterradoras sombras, a causa de una enfermedad que los elfos maldecimos y despreciamos, una enfermedad propia sólo de enanos, hombres y otras razas inferiores: la codicia.
Por culpa de ese estigma, mi alma está condenada a moverse eternamente por la Tiniebla, sin encontrar jamás un lugar donde sucumbir al sueño de la muerte. Una infinidad de tiempo sin otra cosa que hacer aparte de rememorar una y otra vez los crímenes que cometí en vida, oyendo siempre los gritos de las víctimas que dejé a mi paso. Revivo sus muertes en mi pecho diariamente, si es que se puede hablar de días en este vacío infinito. Incontables veces he muerto, pero siempre sigo en esta agobiante oscuridad, sólo, con la única compañía de mis recuerdos más dolorosos.
Si he decidido contar mi historia es porque aquello que causó mi perdición sigue allí, esperando como una araña en su tela a que algún codicioso ladrón como yo llegue a robarlo…para hacer recaer la maldición también sobre él.
Y yo estaré castigado con razón, pero no le deseo a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo, el padecimiento que yo sufro hora tras hora.

Mi historia empieza en un pequeño pueblo de las Tierras Élficas. Era un lugar encantador, lleno de belleza y amor, pero de cuyo nombre e imagen ya no soy capaz de acordarme. Una eternidad de dolor y culpa elimina todo recuerdo hermoso, al menos parcialmente. Yo vivía con mi familia una vida tranquila y sosegada, inmersa en la rutina que tanto nos gusta a los elfos.
Un día, cuando yo contaba con tan sólo veinte años y no era más que un mocoso apenas entrado en la adolescencia, llegaron los hombres a mi hogar trayendo el fuego y el acero. Devastaron mi casa y asesinaron a mi familia, pero yo sobreviví. Uno de mis capitanes de la tropa se “apiadó” de mí y me llevó consigo.
Me crió para que fuera un asesino y un espía experimentado. Me enseñó a manejar la espada, la lanza, la ballesta, pero mi arma favorita siempre fue la daga, en cuyo manejo nadie me superó jamás. Aunque la parte más importante de su educación fue la que me enseñó a no tener piedad, ni escrúpulo alguno a la hora de matar. Eliminó de mi cualquier sentimiento que pudiera tener. Me convirtió, en suma, en un ser tan desalmado y cruel como él mismo. Me llevó consigo a todas partes y gracias a él pude contemplar la enormidad del mundo.
A su lado alquilé mis servicios como asesinos a los ejércitos más importantes. Alcancé fama, gloria y fortuna, pero cuanto más tenía, más deseaba tener. De tanto tratar con humanos había adquirido su desmedido apetito de tesoros. Ya no me bastaba con lo que ganaba en calidad de asesino, quería más, mucho más. Deseaba lujos, comodidades, todo aquello que pudiera comprarse con riquezas. Me consumía la codicia.
Al final decidí marcharme por mi cuenta para buscar tesoros por el mundo. Se lo comuniqué a mi maestro.
-Arjas- le dije-, me voy. Estoy harto de matar simples humanos a cambio de una miseria.
-¿Una miseria?- se indignó él-. Cobras más por un trabajo que yo en un año como soldado, elfo engreído.
Le dije que eso no era suficiente para mí, que yo quería tesoros digno de un rey. Los elfos siempre han sido arrogantes por naturaleza, pero en mi caso la arrogancia superaba cualquier límite antes concebido. Mi actitud enojó a Arjas, Que sacó a relucir toda su ira contra mí. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde y, no en vano, yo era un elfo. Para aquel entonces él ya era un viejo débil y quejoso, medio ciego y sordo de una oreja. Matarle no me llevó más de un par de segundos, sólo el tiempo de hundir mi daga en su corazón.
Me marché de allí con el cadáver de mi padre adoptivo aún caliente. No sentía remordimientos por mi crimen: él sólo era un obstáculo molesto en mi camino y lo quité de en medio. Viajé por todas partes recogiendo cualquier historia que oía sobre riquezas ocultas y tratando de descubrir si eran ciertas. Trabajaba lo justo para ganarme la vida. Me unía a grupos de ladrones o mercenarios como asesino y luego me escabullía en la noche con mi paga… y la del resto de la tropa. Robar nunca me importó.
Dediqué años y años de mi longeva vida de elfo a ésta obsesión, hasta que oí hablar de la Caverna de los Susurros. Fue en una posada cerca de Alvass, donde yo había llegado siguiendo una pista que resultó ser falsa. Me encontraba en una mesa arrinconada, situada en un punto oscuro, de bastante mal humor.
Era una de esas posadas diminutas que uno encuentra cada tanto en el camino. Apenas había una docena de mesas y todas estaban abarrotadas, salvo la mía. Nadie había sido tan necio de sentarse a mi lado: en las condiciones en que me encontraba eso hubiera significado su muerte.
Sin embargo, al cabo de seis o siete vasos de vino (por cierto que malo y aguado) mi humor comenzó a mejorar ligeramente. A eso de las dos de la madrugada, y bastante borracho, cometí un error que me costó mi alma: acepté a un extraño en mi mesa. Se trataba de un juglar pequeño y corpulento, con barba corta y calvo. Se reía mucho y era dueñote un vozarrón que hacía pensar en algún antepasado de raza enanil.
Al principio me cayó bastante mal, por lo que me limité a escucharlo en silencio.
-…Y es increíble lo descuidada que es la gente por aquí.¿No crees, amigo orejudo? Sin ir más lejos, esta mañana he encontrado una bolsa de oro. Estaba en el cinturón de un rico comerciante. Y eso me recuerda una vez que…
Siguió hablando durante más de una hora, pero mientras hablaba no dejaba de rellenar mi copa. Iba a retirarme ( a una habitación privada, por supuesto. Yo era demasiado orgulloso para dormir en la sala común rodado de humanos), cuando el juglar me agarró del brazo.
-No te vayas, elfo. Aún queda vino suficiente para los dos- ante mi insistencia a marcharme, recurrió a su último argumento-.¡ Vamos! Si te quedas, te contaré la historia del más grande tesoro de todos los tiempos.
Estas palabras atrajeron mi atención de inmediato. Me senté de nuevo en mi silla y me dispuse a escuchar su historia.
-Dicen por ahí- comenzó el pequeño bardo- que hace muchos años, incluso más de los que tú debes tener, vivía en este país un poderoso Nigromante que llegó a amasar con sus artes un inmenso tesoro en oro y piedras preciosas.
>>Aterrorizaba a la comarca con los demonios que invocaba, hasta que el consejo de ancianos que gobernaba el reino de los magos se hartó y envió a un Archimago para derrotarlo.
>> La lucha fue titánica y la luz que emanaban sus conjuros llegó a verse a kilómetros de distancia. A pesar de todo lo que el Nigromante arrojó sobre él, el Archimago logró triunfar en la lid.
>> Dado el enorme poder de Nigromante, su rival no pudo matarlo, pero se las arregló para convertirlo en piedra para toda la eternidad. Luego se llevó la estatua a un lugar conocido como la Caverna de los Susurros, junto al tesoro del malvado hechicero, que él se negó a tocar por considerarlo maldito.
>> Y allí sigue todavía, esperando en silencio…
Llegados a este punto, el alcohol hizo mella en él y se desmayó. Permanecí todavía un rato sentado junto a él, pensando. ¿Hasta qué punto podría creer esa historia? ¿ Dónde estaría la llamada Caverna de los susurros, de ser ésta cierta? Al fin pudo más la codicia que la prudencia y al rayar el alba partí en busca del legendario lugar.
Tardé más de diez años en averiguar su ubicación. Pregunté, espié, traicioné y torturé con tal de encontrar el sitio, porque con cada pista que encontraba reafirmaba su existencia. Llegué incluso a viajar al país de los magos y robar un mapa con su localización del templo sagrado.
La codicia me consumía el día que, por fin después de tantos años de búsqueda, llegué a la entrada de la cueva. Se hallaba en la ladera de una montaña tallada en forma de calavera, cuya boca- ahora cerrada- constituía la vía de acceso al interior.
Gracias a mi minuciosa búsqueda sabía lo que tenía que hacer para abrir tan macabra puerta. Extraje de mi zurrón una flauta hecha con un fémur humano y comencé a tocar la mágica melodía que abría el portón. Apenas sonaron las primeras notas, las mandíbulas de la calavera comenzaron a abrirse poco a poco y para cuando terminé de tocar ya estaban abiertas de par en par. Me acerqué con cuidado, casi con veneración, sabiendo que el objetivo que llevaba casi una década buscando se hallaba en esa negrura impenetrable.
Prendí una antorcha sacada de mi bolsa y, paso a paso, penetré en lo desconocido. Avancé por pasadizos llenos de horribles grabados de crímenes, sacrificios, muerte y destrucción. Eran tan horripilantes que incluso llegaron a conmover mi naturaleza fría y arrogante.
Recorrí decenas de corredores que se bifurcaban a cada paso, al tiempo que descubría por qué la llamaban Caverna de los Susurros. Unas voces suaves y lastimeras sonaban a mi alrededor, narrándome las espantosas maneras de tortura a las que me someterían si no salía de allí inmediatamente.
Por fin, tras muchas horas perdido en la oscuridad más impenetrable (mi antorcha se había apagado al poco de entrar y no conseguí volverla a encender) y privado de mi visión elfa por algún ancestral conjuro cuya magia pervive en la caverna incluso después de tantos siglos de espera en la Tiniebla, arribé al centro de la cueva.
Se trataba de una enorme estancia en forma de cúpula llena hasta reventar de los tesoros más maravillosos que un codicioso elfo como yo pudiera llegar a imaginar, en cuyo centro se alzaba una enorme estatua que representaba al maligno Nigromante. En su pedestal había una frase grabada.

CODIX OMNE MALIS RADIS EST

El idioma enano carecía de secretos para mi y traduje la inscripción sin problemas: “ La codicia es la raíz de todos los males”. Las palabras emitían un suave fulgor rojizo qu me puso los pelos de punta, pero apenas les presté atención porque estaba ocupando mirando los ojos de la estatua.
Eran dos enormes zafiros, del tamaño de un puño. Emitían una luz blanco-azulada que se reflejaba en todas y cada una de las piezas del tesoro: joyas, monedas, cálices, coronas…La lista era interminable, pero yo no podía apartar la vista de los zafiros. Poseían una cualidad hipnótica que ya me había subyugado. Despertaron en mí la codicia que era innata in mi persona. Registraron en lo más hondo de mí alma y sacaron a relucir mis peores rasgos.
Necesitaba poseer aquellas joyas. Si conseguía hacerme con ellas me convertiría en un dios entre insectos, me alzaría por encima de los simple mortales, incluso por encima de mi raza. Esas joyas tenían la capacidad de colmar todos mis anhelos más profundos. Riquezas, poder… todo lo que deseara sería mío.
Sucumbí a la tentación.
Alargué la mano para coger el ojo derecho pero jamás llegué a tocarlo, porque a medida que mi mano se acercaba a la estatua, se iba transformando en piedra. Luego la piedra se extendió por el resto de mi cuerpo, demasiado rápido para reaccionar. Siguió extendiéndose hasta que dejé de ser yo y me convertí en una simple estatua de roca maciza.
Aún hoy sigo esperando en aquella cámara solitaria, a solas con mis pensamientos más terroríficos. Muero una y otra vez, reviviendo mis propios crímenes eternamente, hasta que algún héroe venga y venza su propia codicia para liberarme.

9/12/07

HESPERIA (1)

HESPERIA

1

Los dados rebotaron por la mesa de madera hasta detenerse peligrosamente cerca del borde. Irene contuvo la respiración hasta que vio el resultado: doble cero y uno. Crítico.
-¡Sí!-exclamó-. Mis ojos nunca fallan.
Se hallaba en el comedor de su amiga Sofía jugando una partida de Aquelarre, un juego de rol basado en la España del siglo XIV, con el resto de su pandilla. Solían jugar allí porque la madre de Sofía era más comprensiva con el espinoso tema de los juegos de rol que el común de los adultos y no le importaba que corrieran las cortinas y apagaran las luces, ni que pusieran música de Evanescence a toda pastilla en el equipo del salón. Incluso les sacaba a veces papas y ganchitos para que picotearan.
- Sabía que podrías- dijo Miguel, el hermano de Sofía. Era un joven de dieciséis años, con el pelo castaño corto y los ojos verdes-. Eres la mejor para estas cosas.
- No siempre- intervino Víctor, un chaval con gafas de montura metálica y una desordenada mata de pelo oscuro-.¿ Os acordáis de cuando nos despertó a las cuatro de la madrugada porque había visto un lobishome?
-Vale, aquella no fue mi mejor tirada, pero…
-Era un jabalí, Ire- cortó su amigo.
-Bueno, bueno, que nos desviamos del tema- interrumpió Sofía, que hacía de Narradora de la partida. Siempre solía ser ella la que acababa poniendo paz en el grupo, porque sus amigos tenían tendencia a salirse por la tangente. No le costaba mucho calmar a Víctor, pues su larga cabellera rubia y su sonrisa dulce y amistosa eran capaces de desarmarlo en unos segundos, pero con Irene lo tenía más difícil.
La pelirroja tenía un carácter independiente y honrado que no le permitía tolerar las injusticias ni las humillaciones. Más de una vez se había metido en peleas con los abusones del instituto por ayudar a alguien y, aunque su constitución no era nada del otro mundo, más valía no tomarla en broma cuando se enfadaba: seis años practicando el skate le habían dado una forma física envidiable. Cosa que unida a sus facciones suaves y sus enormes ojazos azules, que miraban al mundo como si pudieran ver más allá de las apariencias y llegar al fondo de cualquier cosa, traían de cabeza a Miguel. Sus amigos solían decir, medio en broma, medio en serio, que el joven bebía los vientos por Irene. A ninguno le extraño que comenzaran a salir un mes atrás.
-Distingues en la oscuridad- dijo Sofía, retomando la historia- las formas de una Mandrágora adulta y furiosa porque habéis entrado en su territorio. Antes de que puedas dar la alarma…
Fue interrumpida por la puerta de la calle, que se abrió ruidosamente, y por la voz de su madre que los llamaba para que le ayudaran a cargar con las bolsas que traía. Miguel y Víctor se acercaron a ayudarla mientras las chicas recogían los libros y hojas que habían utilizado para jugar y encendían de nuevo las luces.
-¿Qué llevas ahí?- preguntó Miguel.
-Cosas para la fiesta de mañana.
Sofía iba a cumplir dieciséis años al día siguiente y sus padres estaban organizando una fiesta a la que asistiría toda su familia. Además, esa noche Víctor e Irene se quedarían a dormir y organizarían un maratón de cine: La princesa prometida, Dragonheart, Leyendas de Terramar, Stargate…
-Miguel, ¿Te importaría traer el paquete grande del vestíbulo? Necesitarás que te ayude Víctor.
-Claro…¡Caray!- exclamó el joven al ver el paquete, casi tan alto y ancho como él-. ¿Qué es esto?
-Lo traía un mensajero cuando yo entraba en el patio, por lo visto es el regalo de tío David para tu hermana. Eso decía la tarjeta.
Entre los dos chicos cargaron con el enorme paquete y con dificultad lo transportaron por el pasillo hasta la habitación de la joven, donde las dos amigas estaban colocando la caja de los dados en la estantería.
Era una habitación pequeña, decorada con muebles de madera clara. Una estantería repleta de libros de rol y novelas rosa, un escritorio con un ordenador bastante machacado debajo de la ventana, un armario con los laterales tapizados de pósters de sus artistas preferidos y una cama con una colcha de colores chillones, repleta de cojines y peluches animales constituían el mobiliario. Las paredes estaban decoradas con cuadros de temática fantástica, como unicornios, dragones y hadas. Sobre todo hadas. Las había de todas las formas y tamaños: grandes, pequeñas, rosadas, azules, con alas, sin alas, náyades, ninfas, ondinas…
Depositaron el regalo encima de la cama con mucho cuidado, apartando los cojines, y lo desenvolvieron para que la joven pudiera verlo. Sofía soltó una ahogada expresión de sorpresa.
-¿Qué narices es esto?
-Es el regalo que te manda tío David.¿A qué mola?
-Es una pasada
Se trataba de un espejo de cuerpo completo con un marco de hierro oscuro repleto de extrañas tallas y símbolos rúnicos en su parte superior. Tenía forma ovalada y estaba diseñado para ir colgado de la pared. Entre todos lo llevaron a una esquina del dormitorio, donde Irene descolgó un cuadro que representaba una juguetona hadita de los bosques posada encima de una rosa de tallo largo y lo colgaron allí, con la parte inferior rozando el rodapié.
-¡Así está mejor!- dijo Víctor.
La luz que entraba por la ventana le daba un aire misterioso y resaltaba todos sus detalles, especialmente las runas que, como le pareció notar a Sofía, brillaban con una luz azulada.
-Chicos,- dijo-. Mirad las runas del espejo. ¿No os parece que…? No sé, es como si brillaran.
-¿Pero qué dices? Yo no veo nada- contestó su amiga- Debe ser que todavía estás algo embotada por la partida. Anda, vamos a ayudar a tu madre.
-Sí, ya voy- respondió Sofía con aire ausente y la vista fija en el espejo-. Ya voy…


* * * * * * *


Sofía se revolvía inquieta en su cama mientras, a su lado, Irene dormía plácidamente en su saco de dormir. Lo habían pasado muy bien viendo una película tras otra hasta que el sueño les venció alrededor de las cuatro y media de la madrugada y decidieron acostarse. Su amiga se había dormido nada más apoyar la cabeza en la almohada, pero a ella le estaba resultando muy difícil conciliar el sueño a pesar del cansancio. Una extraña sensación la tenía muy preocupada y no le dejaba pegar ojo, una sensación que tenía que ver algo muy concreto.
El espejo.
Unas horas antes había llamado a su tío para agradecerle el regalo, y éste se había extrañado. ¿Qué espejo decía? Su regalo se lo daría al día siguiente, en la fiesta. Y ya podía usar todos los truquitos que quisiera, ya, que él no pensaba decirle qué era.
Eso le pareció muy extraño, pero en ese momento estaba ocupada ayudando a su padre a poner la mesa y no le dio más vueltas. Luego, con el jaleo de la cena y la sesión múltiple de cine, no había tenido tiempo para pensar en ello. Pero ahora, con su amiga durmiendo al lado y toda la casa es silencio, las dudas acudían a su mente. ¿Quién le habría enviado ese extraño regalo? ¿Habían brillado de verdad las runas del espejo, o eso habían sido imaginaciones suyas? Incluso en ese momento le parecía que los símbolos del espejo volvían a relucir. Se dijo que era imposible, que debía ser la luz de la luna reflejándose en la pulida superficie del marco.
Pero no, las runas brillaban realmente con una luz azul semejante a la de las luces de neón de la cocina, pero mucho más intensa y pura. Ese brillo poseía una cualidad hipnótica que le obligaba a mirarlas fijamente, sin poder apartar la vista del objeto. Se destapó, bajó de la cama con mucho cuidado para no despertar a su amiga y se acercó al espejo.
Al contemplarlas más de cerca le pareció que las runas no constituían una única línea, sino que se separaban formando diferentes palabras en un lenguaje que no conocía, pero que por algún antiguo encantamiento entendía a la perfección.
Astol varniskar kempalath thagïol .
Se encontró a sí misma repitiendo las palabras inconscientemente, sin saber del todo lo que estaba haciendo, sumergida en un profundo trance. La pulida superficie del espejo se iluminó con una luz brillante, que la envolvió acogedoramente, incitándola a dar un paso hacia delante, y luego otro y otro más y…
’’Alto’’ se dijo ’’Si sigues avanzando, acabarás en el espejo’’. De alguna extraña manera que no era capaz de explicar sabía que no chocaría contra él, pero su parte racional le decía que era imposible, que nadie podía atravesar un espejo así como así. Alargó la mano para rozar el cristal y su mano solo rozó el vacío. De pronto se sintió tremendamente asustada, como si hubiera abierto la puerta a un terror innombrable y trató de retirarla, pero no pudo. Sintió de pronto que una presencia invisible cogía su mano al otro lado del espejo y tiraba de ella, obligándola a introducirse lentamente en aquella superficie tan inquietantemente iluminada. Podía contemplar un paisaje tenebroso y espeluznante al otro lado del cristal, que se veía borroso al principio, pero que se aclaraba a medida que se aproximaba a la pulida superficie del espejo.
Intentó gritar, pero no fue capaz de generar sonido alguno. Se resistió, pataleó, se aferró a los muebles, pero todo fue inútil
Aquella misteriosa fuerza la atraía inexorablemente, con mano de acero, hasta un lugar al que ella no quería ir. En un último y desesperado intento de resistirse, se aferró al marco del espejo, sus dedos rozaron las runas…
Y todo acabó.
Se descubrió a sí misma echa un ovillo en el suelo, frente a un viejo espejo de hierro y cristal, temblando de miedo.

* * * * * * *

-¡Os juro que no estoy de broma!- insistió por décima vez-. ¡El espejo trató de absorberme!
- Ya vale, Sofi- intervino Miguel, cansado de la broma -. No tiene gracia.
Se encontraban todos en el cuarto de Sofía, donde ella los había llevado después del desayuno (que bien podría llamarse comida, porque se habían levantado pasada la una) presa de una gran agitación. Les había contado su aventura con pelos y señales, pero ellos se lo habían tomado a broma y ella empezaba a perder la paciencia. ¡Estaba diciendo la verdad, maldita sea! Ella jamás mentía, y sus amigos lo sabían de sobra. Vale, la historia era increíble, pero también real. Le había sucedido a ella, le creyeran ellos o no. Y se lo iba a demostrar.
Caminó hasta el espejo de la discordia con aire decidido pese al temor que le inspiraba y cerró los ojos, tratando de recordar las palabras de la noche anterior.
-¿Qué haces, Sofi?-preguntó Irene.
-Si tratas de hacernos creer que lo que nos has contado es verdad, ahórrate el esfuerzo-intervino Víctor-. Es físicamente imposible.
La joven hizo caso omiso de sus comentarios y continuó buscando las palabras en su mente. No le resultó muy difícil, ya que las tenía grabadas a fuego en la mente. Las fue pronunciando lentamente, con la misma cadencia pausada y mística que hacía sólo unas horas
- Astol varniskar kempalath thagïol.
Tan pronto como terminó de recitar el verso, en medio de las risas de sus compañeros, el resplandor azulado que ella tan bien conocía se apoderó de nuevo del mágico objeto.
-¡Imposible!- exclamaron tres voces al unísono.
-Esto desafía todas las leyes de la ciencia que se conocen- dijo Víctor.
Sofía se volvió hacia los demás con un sonrisa radiante en la cara.
-¿Lo veis? Os lo dije. Yo…
Todo sucedió en apenas unos segundos. Unos largos brazos de color negro azabache, terminados en afiladas garras, surgieron de la fantasmal luz y cogieron a Sofia por la cintura. Ella gritó y trató de resistirse desesperadamente, pero el abrazo de aquellos brazos de hierro la arrastró inexorablemente al interior del espejo, que se apagó tras ellos. Los chicos se acercaron corriendo, pero no llegaron a tiempo.

* * * * * * *

-¿Qué ha pasado?-exclamó Miguel- ¿Dónde está mi hermana?
-Ni idea- contestó Irene-, pero tenemos que ayudarla. Sea cómo sea.
-Está bien, pensemos- dijo Víctor. Esa era siempre su solución a todos los problemas: pensar en las posibles soluciones, evaluar sus opciones y seleccionar la que tuviera mayores posibilidades de éxito. Era el más inteligente del grupo, el que sacaba las mejores notas en clase y el que, cuando jugaban a rol, se encargaba de trazar los planes de acción-. No puede haberse desvanecido sin más. Ha tenido que irse a algún lado.
-Vale- apoyó su amigo-, pero ¿ a dónde?
Víctor se sentó en la cama, con aire abatido.
-Ni idea- respondió-. Solo se me ocurre que el espejo sea una especie de portal entre dos realidades diferentes.
-¡Anda ya! Tu has jugado demasiado a rol, nene.
-Te equivocas, Irene. La existencia de diferentes dimensiones es admitida por numerosos científicos respetables, incluso aceptan que debe haber huecos entre ellas, los llaman “agujeros de gusano”.
-Está bien, está bien. Pero eso no nos ayuda en nada- afirmó la pelirroja.
-Yo creo que sí- dijo Miguel de pronto, y salió del cuarto como una exhalación.
Se dirigió a su propio dormitorio, abrió la puerta de golpe y se puso a revolver los cajones y el armario. Víctor e Irene entraron detrás de él.
-¿Qué haces?
-Me voy a buscarla- respondió Miguel sacando una mochila de tela de debajo de su cama. Comenzó a llenarla rápidamente.
-Pero ¿Qué estás diciendo?- exclamó su novia-. No puedes irte tu solo a buscarla.
-Pues eso mismo voy a hacer- respondió el joven sin parar de meter cosas en la bolsa.
-¿Quieres parar un momento? Alertarás a tus padres- intervino Víctor, siempre práctico.
-Mis padres se han ido a buscar a mis abuelos al aeropuerto y luego irán a visitar a mis tíos- explicó Miguel -. Tengo que traerla de vuelta antes de que la echen en falta.
- ¿Y vas a hacerlo tú solo?- le preguntó la chica.
-Si es necesario, sí .
-Ni hablar- intervino Víctor-, vamos contigo.
Miguel pensó en decirles que no, pero sabía que resultaría inútil: eran buenos amigos y muy leales. No le dejarían ir solo, ni abandonarían a su hermana a su suerte.
-De acuerdo- dijo sencillamente-. Coged vuestras mochilas.

Veinte frenéticos minutos más tarde se encontraban de nuevo ante el maldito espejo, con las bolsas preparadas. La de Víctor abultaba el doble que las otras.
-¿Qué llevas ahí?.
-Mis cosas y algo de comida por si tardamos. Además, he dejado una nota a tus padres diciendo que nos íbamos al parque de skate y que volveríamos esta tarde para la fiesta.
-Gracias tío. La verdad es que a mí no se me había ocurrido- dijo Miguel sinceramente. El chaval tenía una personalidad muy decidida, que a menudo lo llevaba a no planificar las cosas que hacía, limitándose a seguir sus impulsos tal como le venían.
-Muy bien- intervino Irene-.Ya lo tenemos todo preparado. ¿Y ahora qué?
-Ahora… ¡Astol varniskar kempalath thagïol!- exclamó con voz clara y firme Migue, dirigiéndose al espejo.
El cristal se iluminó con aquella misteriosa luz, pero esta vez el paisaje que se adivinaba al otro lado era diferente. Se veía una amplia extensión de hierba suave salpicada de rocas enormes de granito gris y suaves colinas. El cielo estaba completamente despejado al otro lado, sin una sola nube.
-En fin-dijo Irene-.Allá vamos.
Su mano buscó la de Miguel y, los tres a una, avanzaron con decisión hacia el mágico umbral. Entraron en fila india, sin vacilar. De pronto, todos sus sentidos se sobrecargaron a la vez: un brillo cegador les obligó a cerrar los ojos, el sonido de diez mil truenos les ensordeció y un torbellino de luz y viento les envolvió.
Aferrado a sus amigos, Miguel pensó en su hermana y se obligó a sí mismo a seguir adelante por ella.
Luego se desmayó.