HESPERIA
1
Los dados rebotaron por la mesa de madera hasta detenerse peligrosamente cerca del borde. Irene contuvo la respiración hasta que vio el resultado: doble cero y uno. Crítico.
-¡Sí!-exclamó-. Mis ojos nunca fallan.
Se hallaba en el comedor de su amiga Sofía jugando una partida de Aquelarre, un juego de rol basado en la España del siglo XIV, con el resto de su pandilla. Solían jugar allí porque la madre de Sofía era más comprensiva con el espinoso tema de los juegos de rol que el común de los adultos y no le importaba que corrieran las cortinas y apagaran las luces, ni que pusieran música de Evanescence a toda pastilla en el equipo del salón. Incluso les sacaba a veces papas y ganchitos para que picotearan.
- Sabía que podrías- dijo Miguel, el hermano de Sofía. Era un joven de dieciséis años, con el pelo castaño corto y los ojos verdes-. Eres la mejor para estas cosas.
- No siempre- intervino Víctor, un chaval con gafas de montura metálica y una desordenada mata de pelo oscuro-.¿ Os acordáis de cuando nos despertó a las cuatro de la madrugada porque había visto un lobishome?
-Vale, aquella no fue mi mejor tirada, pero…
-Era un jabalí, Ire- cortó su amigo.
-Bueno, bueno, que nos desviamos del tema- interrumpió Sofía, que hacía de Narradora de la partida. Siempre solía ser ella la que acababa poniendo paz en el grupo, porque sus amigos tenían tendencia a salirse por la tangente. No le costaba mucho calmar a Víctor, pues su larga cabellera rubia y su sonrisa dulce y amistosa eran capaces de desarmarlo en unos segundos, pero con Irene lo tenía más difícil.
La pelirroja tenía un carácter independiente y honrado que no le permitía tolerar las injusticias ni las humillaciones. Más de una vez se había metido en peleas con los abusones del instituto por ayudar a alguien y, aunque su constitución no era nada del otro mundo, más valía no tomarla en broma cuando se enfadaba: seis años practicando el skate le habían dado una forma física envidiable. Cosa que unida a sus facciones suaves y sus enormes ojazos azules, que miraban al mundo como si pudieran ver más allá de las apariencias y llegar al fondo de cualquier cosa, traían de cabeza a Miguel. Sus amigos solían decir, medio en broma, medio en serio, que el joven bebía los vientos por Irene. A ninguno le extraño que comenzaran a salir un mes atrás.
-Distingues en la oscuridad- dijo Sofía, retomando la historia- las formas de una Mandrágora adulta y furiosa porque habéis entrado en su territorio. Antes de que puedas dar la alarma…
Fue interrumpida por la puerta de la calle, que se abrió ruidosamente, y por la voz de su madre que los llamaba para que le ayudaran a cargar con las bolsas que traía. Miguel y Víctor se acercaron a ayudarla mientras las chicas recogían los libros y hojas que habían utilizado para jugar y encendían de nuevo las luces.
-¿Qué llevas ahí?- preguntó Miguel.
-Cosas para la fiesta de mañana.
Sofía iba a cumplir dieciséis años al día siguiente y sus padres estaban organizando una fiesta a la que asistiría toda su familia. Además, esa noche Víctor e Irene se quedarían a dormir y organizarían un maratón de cine: La princesa prometida, Dragonheart, Leyendas de Terramar, Stargate…
-Miguel, ¿Te importaría traer el paquete grande del vestíbulo? Necesitarás que te ayude Víctor.
-Claro…¡Caray!- exclamó el joven al ver el paquete, casi tan alto y ancho como él-. ¿Qué es esto?
-Lo traía un mensajero cuando yo entraba en el patio, por lo visto es el regalo de tío David para tu hermana. Eso decía la tarjeta.
Entre los dos chicos cargaron con el enorme paquete y con dificultad lo transportaron por el pasillo hasta la habitación de la joven, donde las dos amigas estaban colocando la caja de los dados en la estantería.
Era una habitación pequeña, decorada con muebles de madera clara. Una estantería repleta de libros de rol y novelas rosa, un escritorio con un ordenador bastante machacado debajo de la ventana, un armario con los laterales tapizados de pósters de sus artistas preferidos y una cama con una colcha de colores chillones, repleta de cojines y peluches animales constituían el mobiliario. Las paredes estaban decoradas con cuadros de temática fantástica, como unicornios, dragones y hadas. Sobre todo hadas. Las había de todas las formas y tamaños: grandes, pequeñas, rosadas, azules, con alas, sin alas, náyades, ninfas, ondinas…
Depositaron el regalo encima de la cama con mucho cuidado, apartando los cojines, y lo desenvolvieron para que la joven pudiera verlo. Sofía soltó una ahogada expresión de sorpresa.
-¿Qué narices es esto?
-Es el regalo que te manda tío David.¿A qué mola?
-Es una pasada
Se trataba de un espejo de cuerpo completo con un marco de hierro oscuro repleto de extrañas tallas y símbolos rúnicos en su parte superior. Tenía forma ovalada y estaba diseñado para ir colgado de la pared. Entre todos lo llevaron a una esquina del dormitorio, donde Irene descolgó un cuadro que representaba una juguetona hadita de los bosques posada encima de una rosa de tallo largo y lo colgaron allí, con la parte inferior rozando el rodapié.
-¡Así está mejor!- dijo Víctor.
La luz que entraba por la ventana le daba un aire misterioso y resaltaba todos sus detalles, especialmente las runas que, como le pareció notar a Sofía, brillaban con una luz azulada.
-Chicos,- dijo-. Mirad las runas del espejo. ¿No os parece que…? No sé, es como si brillaran.
-¿Pero qué dices? Yo no veo nada- contestó su amiga- Debe ser que todavía estás algo embotada por la partida. Anda, vamos a ayudar a tu madre.
-Sí, ya voy- respondió Sofía con aire ausente y la vista fija en el espejo-. Ya voy…
* * * * * * *
Sofía se revolvía inquieta en su cama mientras, a su lado, Irene dormía plácidamente en su saco de dormir. Lo habían pasado muy bien viendo una película tras otra hasta que el sueño les venció alrededor de las cuatro y media de la madrugada y decidieron acostarse. Su amiga se había dormido nada más apoyar la cabeza en la almohada, pero a ella le estaba resultando muy difícil conciliar el sueño a pesar del cansancio. Una extraña sensación la tenía muy preocupada y no le dejaba pegar ojo, una sensación que tenía que ver algo muy concreto.
El espejo.
Unas horas antes había llamado a su tío para agradecerle el regalo, y éste se había extrañado. ¿Qué espejo decía? Su regalo se lo daría al día siguiente, en la fiesta. Y ya podía usar todos los truquitos que quisiera, ya, que él no pensaba decirle qué era.
Eso le pareció muy extraño, pero en ese momento estaba ocupada ayudando a su padre a poner la mesa y no le dio más vueltas. Luego, con el jaleo de la cena y la sesión múltiple de cine, no había tenido tiempo para pensar en ello. Pero ahora, con su amiga durmiendo al lado y toda la casa es silencio, las dudas acudían a su mente. ¿Quién le habría enviado ese extraño regalo? ¿Habían brillado de verdad las runas del espejo, o eso habían sido imaginaciones suyas? Incluso en ese momento le parecía que los símbolos del espejo volvían a relucir. Se dijo que era imposible, que debía ser la luz de la luna reflejándose en la pulida superficie del marco.
Pero no, las runas brillaban realmente con una luz azul semejante a la de las luces de neón de la cocina, pero mucho más intensa y pura. Ese brillo poseía una cualidad hipnótica que le obligaba a mirarlas fijamente, sin poder apartar la vista del objeto. Se destapó, bajó de la cama con mucho cuidado para no despertar a su amiga y se acercó al espejo.
Al contemplarlas más de cerca le pareció que las runas no constituían una única línea, sino que se separaban formando diferentes palabras en un lenguaje que no conocía, pero que por algún antiguo encantamiento entendía a la perfección.
Astol varniskar kempalath thagïol .
Se encontró a sí misma repitiendo las palabras inconscientemente, sin saber del todo lo que estaba haciendo, sumergida en un profundo trance. La pulida superficie del espejo se iluminó con una luz brillante, que la envolvió acogedoramente, incitándola a dar un paso hacia delante, y luego otro y otro más y…
’’Alto’’ se dijo ’’Si sigues avanzando, acabarás en el espejo’’. De alguna extraña manera que no era capaz de explicar sabía que no chocaría contra él, pero su parte racional le decía que era imposible, que nadie podía atravesar un espejo así como así. Alargó la mano para rozar el cristal y su mano solo rozó el vacío. De pronto se sintió tremendamente asustada, como si hubiera abierto la puerta a un terror innombrable y trató de retirarla, pero no pudo. Sintió de pronto que una presencia invisible cogía su mano al otro lado del espejo y tiraba de ella, obligándola a introducirse lentamente en aquella superficie tan inquietantemente iluminada. Podía contemplar un paisaje tenebroso y espeluznante al otro lado del cristal, que se veía borroso al principio, pero que se aclaraba a medida que se aproximaba a la pulida superficie del espejo.
Intentó gritar, pero no fue capaz de generar sonido alguno. Se resistió, pataleó, se aferró a los muebles, pero todo fue inútil
Aquella misteriosa fuerza la atraía inexorablemente, con mano de acero, hasta un lugar al que ella no quería ir. En un último y desesperado intento de resistirse, se aferró al marco del espejo, sus dedos rozaron las runas…
Y todo acabó.
Se descubrió a sí misma echa un ovillo en el suelo, frente a un viejo espejo de hierro y cristal, temblando de miedo.
* * * * * * *
-¡Os juro que no estoy de broma!- insistió por décima vez-. ¡El espejo trató de absorberme!
- Ya vale, Sofi- intervino Miguel, cansado de la broma -. No tiene gracia.
Se encontraban todos en el cuarto de Sofía, donde ella los había llevado después del desayuno (que bien podría llamarse comida, porque se habían levantado pasada la una) presa de una gran agitación. Les había contado su aventura con pelos y señales, pero ellos se lo habían tomado a broma y ella empezaba a perder la paciencia. ¡Estaba diciendo la verdad, maldita sea! Ella jamás mentía, y sus amigos lo sabían de sobra. Vale, la historia era increíble, pero también real. Le había sucedido a ella, le creyeran ellos o no. Y se lo iba a demostrar.
Caminó hasta el espejo de la discordia con aire decidido pese al temor que le inspiraba y cerró los ojos, tratando de recordar las palabras de la noche anterior.
-¿Qué haces, Sofi?-preguntó Irene.
-Si tratas de hacernos creer que lo que nos has contado es verdad, ahórrate el esfuerzo-intervino Víctor-. Es físicamente imposible.
La joven hizo caso omiso de sus comentarios y continuó buscando las palabras en su mente. No le resultó muy difícil, ya que las tenía grabadas a fuego en la mente. Las fue pronunciando lentamente, con la misma cadencia pausada y mística que hacía sólo unas horas
- Astol varniskar kempalath thagïol.
Tan pronto como terminó de recitar el verso, en medio de las risas de sus compañeros, el resplandor azulado que ella tan bien conocía se apoderó de nuevo del mágico objeto.
-¡Imposible!- exclamaron tres voces al unísono.
-Esto desafía todas las leyes de la ciencia que se conocen- dijo Víctor.
Sofía se volvió hacia los demás con un sonrisa radiante en la cara.
-¿Lo veis? Os lo dije. Yo…
Todo sucedió en apenas unos segundos. Unos largos brazos de color negro azabache, terminados en afiladas garras, surgieron de la fantasmal luz y cogieron a Sofia por la cintura. Ella gritó y trató de resistirse desesperadamente, pero el abrazo de aquellos brazos de hierro la arrastró inexorablemente al interior del espejo, que se apagó tras ellos. Los chicos se acercaron corriendo, pero no llegaron a tiempo.
* * * * * * *
-¿Qué ha pasado?-exclamó Miguel- ¿Dónde está mi hermana?
-Ni idea- contestó Irene-, pero tenemos que ayudarla. Sea cómo sea.
-Está bien, pensemos- dijo Víctor. Esa era siempre su solución a todos los problemas: pensar en las posibles soluciones, evaluar sus opciones y seleccionar la que tuviera mayores posibilidades de éxito. Era el más inteligente del grupo, el que sacaba las mejores notas en clase y el que, cuando jugaban a rol, se encargaba de trazar los planes de acción-. No puede haberse desvanecido sin más. Ha tenido que irse a algún lado.
-Vale- apoyó su amigo-, pero ¿ a dónde?
Víctor se sentó en la cama, con aire abatido.
-Ni idea- respondió-. Solo se me ocurre que el espejo sea una especie de portal entre dos realidades diferentes.
-¡Anda ya! Tu has jugado demasiado a rol, nene.
-Te equivocas, Irene. La existencia de diferentes dimensiones es admitida por numerosos científicos respetables, incluso aceptan que debe haber huecos entre ellas, los llaman “agujeros de gusano”.
-Está bien, está bien. Pero eso no nos ayuda en nada- afirmó la pelirroja.
-Yo creo que sí- dijo Miguel de pronto, y salió del cuarto como una exhalación.
Se dirigió a su propio dormitorio, abrió la puerta de golpe y se puso a revolver los cajones y el armario. Víctor e Irene entraron detrás de él.
-¿Qué haces?
-Me voy a buscarla- respondió Miguel sacando una mochila de tela de debajo de su cama. Comenzó a llenarla rápidamente.
-Pero ¿Qué estás diciendo?- exclamó su novia-. No puedes irte tu solo a buscarla.
-Pues eso mismo voy a hacer- respondió el joven sin parar de meter cosas en la bolsa.
-¿Quieres parar un momento? Alertarás a tus padres- intervino Víctor, siempre práctico.
-Mis padres se han ido a buscar a mis abuelos al aeropuerto y luego irán a visitar a mis tíos- explicó Miguel -. Tengo que traerla de vuelta antes de que la echen en falta.
- ¿Y vas a hacerlo tú solo?- le preguntó la chica.
-Si es necesario, sí .
-Ni hablar- intervino Víctor-, vamos contigo.
Miguel pensó en decirles que no, pero sabía que resultaría inútil: eran buenos amigos y muy leales. No le dejarían ir solo, ni abandonarían a su hermana a su suerte.
-De acuerdo- dijo sencillamente-. Coged vuestras mochilas.
Veinte frenéticos minutos más tarde se encontraban de nuevo ante el maldito espejo, con las bolsas preparadas. La de Víctor abultaba el doble que las otras.
-¿Qué llevas ahí?.
-Mis cosas y algo de comida por si tardamos. Además, he dejado una nota a tus padres diciendo que nos íbamos al parque de skate y que volveríamos esta tarde para la fiesta.
-Gracias tío. La verdad es que a mí no se me había ocurrido- dijo Miguel sinceramente. El chaval tenía una personalidad muy decidida, que a menudo lo llevaba a no planificar las cosas que hacía, limitándose a seguir sus impulsos tal como le venían.
-Muy bien- intervino Irene-.Ya lo tenemos todo preparado. ¿Y ahora qué?
-Ahora… ¡Astol varniskar kempalath thagïol!- exclamó con voz clara y firme Migue, dirigiéndose al espejo.
El cristal se iluminó con aquella misteriosa luz, pero esta vez el paisaje que se adivinaba al otro lado era diferente. Se veía una amplia extensión de hierba suave salpicada de rocas enormes de granito gris y suaves colinas. El cielo estaba completamente despejado al otro lado, sin una sola nube.
-En fin-dijo Irene-.Allá vamos.
Su mano buscó la de Miguel y, los tres a una, avanzaron con decisión hacia el mágico umbral. Entraron en fila india, sin vacilar. De pronto, todos sus sentidos se sobrecargaron a la vez: un brillo cegador les obligó a cerrar los ojos, el sonido de diez mil truenos les ensordeció y un torbellino de luz y viento les envolvió.
Aferrado a sus amigos, Miguel pensó en su hermana y se obligó a sí mismo a seguir adelante por ella.
Luego se desmayó.
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