10/12/07

EIREN, EL MALDITO

EIREN, EL MALDITO.

Mi nombre es Eiren, el Maldito. Estoy condenado a vagar por toda la eternidad entre las más aterradoras sombras, a causa de una enfermedad que los elfos maldecimos y despreciamos, una enfermedad propia sólo de enanos, hombres y otras razas inferiores: la codicia.
Por culpa de ese estigma, mi alma está condenada a moverse eternamente por la Tiniebla, sin encontrar jamás un lugar donde sucumbir al sueño de la muerte. Una infinidad de tiempo sin otra cosa que hacer aparte de rememorar una y otra vez los crímenes que cometí en vida, oyendo siempre los gritos de las víctimas que dejé a mi paso. Revivo sus muertes en mi pecho diariamente, si es que se puede hablar de días en este vacío infinito. Incontables veces he muerto, pero siempre sigo en esta agobiante oscuridad, sólo, con la única compañía de mis recuerdos más dolorosos.
Si he decidido contar mi historia es porque aquello que causó mi perdición sigue allí, esperando como una araña en su tela a que algún codicioso ladrón como yo llegue a robarlo…para hacer recaer la maldición también sobre él.
Y yo estaré castigado con razón, pero no le deseo a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo, el padecimiento que yo sufro hora tras hora.

Mi historia empieza en un pequeño pueblo de las Tierras Élficas. Era un lugar encantador, lleno de belleza y amor, pero de cuyo nombre e imagen ya no soy capaz de acordarme. Una eternidad de dolor y culpa elimina todo recuerdo hermoso, al menos parcialmente. Yo vivía con mi familia una vida tranquila y sosegada, inmersa en la rutina que tanto nos gusta a los elfos.
Un día, cuando yo contaba con tan sólo veinte años y no era más que un mocoso apenas entrado en la adolescencia, llegaron los hombres a mi hogar trayendo el fuego y el acero. Devastaron mi casa y asesinaron a mi familia, pero yo sobreviví. Uno de mis capitanes de la tropa se “apiadó” de mí y me llevó consigo.
Me crió para que fuera un asesino y un espía experimentado. Me enseñó a manejar la espada, la lanza, la ballesta, pero mi arma favorita siempre fue la daga, en cuyo manejo nadie me superó jamás. Aunque la parte más importante de su educación fue la que me enseñó a no tener piedad, ni escrúpulo alguno a la hora de matar. Eliminó de mi cualquier sentimiento que pudiera tener. Me convirtió, en suma, en un ser tan desalmado y cruel como él mismo. Me llevó consigo a todas partes y gracias a él pude contemplar la enormidad del mundo.
A su lado alquilé mis servicios como asesinos a los ejércitos más importantes. Alcancé fama, gloria y fortuna, pero cuanto más tenía, más deseaba tener. De tanto tratar con humanos había adquirido su desmedido apetito de tesoros. Ya no me bastaba con lo que ganaba en calidad de asesino, quería más, mucho más. Deseaba lujos, comodidades, todo aquello que pudiera comprarse con riquezas. Me consumía la codicia.
Al final decidí marcharme por mi cuenta para buscar tesoros por el mundo. Se lo comuniqué a mi maestro.
-Arjas- le dije-, me voy. Estoy harto de matar simples humanos a cambio de una miseria.
-¿Una miseria?- se indignó él-. Cobras más por un trabajo que yo en un año como soldado, elfo engreído.
Le dije que eso no era suficiente para mí, que yo quería tesoros digno de un rey. Los elfos siempre han sido arrogantes por naturaleza, pero en mi caso la arrogancia superaba cualquier límite antes concebido. Mi actitud enojó a Arjas, Que sacó a relucir toda su ira contra mí. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde y, no en vano, yo era un elfo. Para aquel entonces él ya era un viejo débil y quejoso, medio ciego y sordo de una oreja. Matarle no me llevó más de un par de segundos, sólo el tiempo de hundir mi daga en su corazón.
Me marché de allí con el cadáver de mi padre adoptivo aún caliente. No sentía remordimientos por mi crimen: él sólo era un obstáculo molesto en mi camino y lo quité de en medio. Viajé por todas partes recogiendo cualquier historia que oía sobre riquezas ocultas y tratando de descubrir si eran ciertas. Trabajaba lo justo para ganarme la vida. Me unía a grupos de ladrones o mercenarios como asesino y luego me escabullía en la noche con mi paga… y la del resto de la tropa. Robar nunca me importó.
Dediqué años y años de mi longeva vida de elfo a ésta obsesión, hasta que oí hablar de la Caverna de los Susurros. Fue en una posada cerca de Alvass, donde yo había llegado siguiendo una pista que resultó ser falsa. Me encontraba en una mesa arrinconada, situada en un punto oscuro, de bastante mal humor.
Era una de esas posadas diminutas que uno encuentra cada tanto en el camino. Apenas había una docena de mesas y todas estaban abarrotadas, salvo la mía. Nadie había sido tan necio de sentarse a mi lado: en las condiciones en que me encontraba eso hubiera significado su muerte.
Sin embargo, al cabo de seis o siete vasos de vino (por cierto que malo y aguado) mi humor comenzó a mejorar ligeramente. A eso de las dos de la madrugada, y bastante borracho, cometí un error que me costó mi alma: acepté a un extraño en mi mesa. Se trataba de un juglar pequeño y corpulento, con barba corta y calvo. Se reía mucho y era dueñote un vozarrón que hacía pensar en algún antepasado de raza enanil.
Al principio me cayó bastante mal, por lo que me limité a escucharlo en silencio.
-…Y es increíble lo descuidada que es la gente por aquí.¿No crees, amigo orejudo? Sin ir más lejos, esta mañana he encontrado una bolsa de oro. Estaba en el cinturón de un rico comerciante. Y eso me recuerda una vez que…
Siguió hablando durante más de una hora, pero mientras hablaba no dejaba de rellenar mi copa. Iba a retirarme ( a una habitación privada, por supuesto. Yo era demasiado orgulloso para dormir en la sala común rodado de humanos), cuando el juglar me agarró del brazo.
-No te vayas, elfo. Aún queda vino suficiente para los dos- ante mi insistencia a marcharme, recurrió a su último argumento-.¡ Vamos! Si te quedas, te contaré la historia del más grande tesoro de todos los tiempos.
Estas palabras atrajeron mi atención de inmediato. Me senté de nuevo en mi silla y me dispuse a escuchar su historia.
-Dicen por ahí- comenzó el pequeño bardo- que hace muchos años, incluso más de los que tú debes tener, vivía en este país un poderoso Nigromante que llegó a amasar con sus artes un inmenso tesoro en oro y piedras preciosas.
>>Aterrorizaba a la comarca con los demonios que invocaba, hasta que el consejo de ancianos que gobernaba el reino de los magos se hartó y envió a un Archimago para derrotarlo.
>> La lucha fue titánica y la luz que emanaban sus conjuros llegó a verse a kilómetros de distancia. A pesar de todo lo que el Nigromante arrojó sobre él, el Archimago logró triunfar en la lid.
>> Dado el enorme poder de Nigromante, su rival no pudo matarlo, pero se las arregló para convertirlo en piedra para toda la eternidad. Luego se llevó la estatua a un lugar conocido como la Caverna de los Susurros, junto al tesoro del malvado hechicero, que él se negó a tocar por considerarlo maldito.
>> Y allí sigue todavía, esperando en silencio…
Llegados a este punto, el alcohol hizo mella en él y se desmayó. Permanecí todavía un rato sentado junto a él, pensando. ¿Hasta qué punto podría creer esa historia? ¿ Dónde estaría la llamada Caverna de los susurros, de ser ésta cierta? Al fin pudo más la codicia que la prudencia y al rayar el alba partí en busca del legendario lugar.
Tardé más de diez años en averiguar su ubicación. Pregunté, espié, traicioné y torturé con tal de encontrar el sitio, porque con cada pista que encontraba reafirmaba su existencia. Llegué incluso a viajar al país de los magos y robar un mapa con su localización del templo sagrado.
La codicia me consumía el día que, por fin después de tantos años de búsqueda, llegué a la entrada de la cueva. Se hallaba en la ladera de una montaña tallada en forma de calavera, cuya boca- ahora cerrada- constituía la vía de acceso al interior.
Gracias a mi minuciosa búsqueda sabía lo que tenía que hacer para abrir tan macabra puerta. Extraje de mi zurrón una flauta hecha con un fémur humano y comencé a tocar la mágica melodía que abría el portón. Apenas sonaron las primeras notas, las mandíbulas de la calavera comenzaron a abrirse poco a poco y para cuando terminé de tocar ya estaban abiertas de par en par. Me acerqué con cuidado, casi con veneración, sabiendo que el objetivo que llevaba casi una década buscando se hallaba en esa negrura impenetrable.
Prendí una antorcha sacada de mi bolsa y, paso a paso, penetré en lo desconocido. Avancé por pasadizos llenos de horribles grabados de crímenes, sacrificios, muerte y destrucción. Eran tan horripilantes que incluso llegaron a conmover mi naturaleza fría y arrogante.
Recorrí decenas de corredores que se bifurcaban a cada paso, al tiempo que descubría por qué la llamaban Caverna de los Susurros. Unas voces suaves y lastimeras sonaban a mi alrededor, narrándome las espantosas maneras de tortura a las que me someterían si no salía de allí inmediatamente.
Por fin, tras muchas horas perdido en la oscuridad más impenetrable (mi antorcha se había apagado al poco de entrar y no conseguí volverla a encender) y privado de mi visión elfa por algún ancestral conjuro cuya magia pervive en la caverna incluso después de tantos siglos de espera en la Tiniebla, arribé al centro de la cueva.
Se trataba de una enorme estancia en forma de cúpula llena hasta reventar de los tesoros más maravillosos que un codicioso elfo como yo pudiera llegar a imaginar, en cuyo centro se alzaba una enorme estatua que representaba al maligno Nigromante. En su pedestal había una frase grabada.

CODIX OMNE MALIS RADIS EST

El idioma enano carecía de secretos para mi y traduje la inscripción sin problemas: “ La codicia es la raíz de todos los males”. Las palabras emitían un suave fulgor rojizo qu me puso los pelos de punta, pero apenas les presté atención porque estaba ocupando mirando los ojos de la estatua.
Eran dos enormes zafiros, del tamaño de un puño. Emitían una luz blanco-azulada que se reflejaba en todas y cada una de las piezas del tesoro: joyas, monedas, cálices, coronas…La lista era interminable, pero yo no podía apartar la vista de los zafiros. Poseían una cualidad hipnótica que ya me había subyugado. Despertaron en mí la codicia que era innata in mi persona. Registraron en lo más hondo de mí alma y sacaron a relucir mis peores rasgos.
Necesitaba poseer aquellas joyas. Si conseguía hacerme con ellas me convertiría en un dios entre insectos, me alzaría por encima de los simple mortales, incluso por encima de mi raza. Esas joyas tenían la capacidad de colmar todos mis anhelos más profundos. Riquezas, poder… todo lo que deseara sería mío.
Sucumbí a la tentación.
Alargué la mano para coger el ojo derecho pero jamás llegué a tocarlo, porque a medida que mi mano se acercaba a la estatua, se iba transformando en piedra. Luego la piedra se extendió por el resto de mi cuerpo, demasiado rápido para reaccionar. Siguió extendiéndose hasta que dejé de ser yo y me convertí en una simple estatua de roca maciza.
Aún hoy sigo esperando en aquella cámara solitaria, a solas con mis pensamientos más terroríficos. Muero una y otra vez, reviviendo mis propios crímenes eternamente, hasta que algún héroe venga y venza su propia codicia para liberarme.

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