29/3/08

Sector 13 (2)

La joven entró con paso firme en la habitación y saludó con afecto a Cadmios.

-Tristán, te presento a Sara, la mejor mercenaria del Sector Nueve- la presentó él -.Sara, este es Tristán, el hacker más fiable de la ciudad. Nunca había fallado…hasta hace poco.

Sara le dirigió una mirada mitad evaluadora y mitad divertida.

-Ya nos conocíamos- dijo solamente.

-¿Ah, sí?- exclamó sorprendido Cadmios.

-Sí- contestó el hacker-. Sara fue la chica que se largó con la información en mi último trabajo.

Por un momento, Cadmios pareció avergonzado. Era evidente que había contratado a dos mercenarios para que recuperasen la misma información, sabiendo que al final sólo tendría que pagar al que lo lograra. Ahora que su juego había sido descubierto, no sabía muy bien como reaccionar.

Fue Sara la que resolvió la situación. Se alejó de ellos y se sentó tranquilamente en la butaca que había ocupado Tristán solo un instante antes. Puso los pies encima de la mesa y se sirvió un generoso vaso de agua.

-¿Venís o qué?-dijo.

El obeso chivato se apresuró a sentarse en su lugar de costumbre, bajo la mirada resentida de Tristán que le siguió más despacio.

Una vez sentados y acomodados, Cadmios explicó brevemente a la recién llegada en qué consistía su nuevo trabajo. La chica sonrió al escucharlo.

-O sea- dijo-, que es una misión fácil y bien pagada. Me apunto.

Tristán no dijo nada. Se limitó a contemplar el vacío, pensativo. Cadmios casi podía adivinar sus pensamientos. El hacker se resistía a trabajar en equipo, y todavía peor, con alguien que ya le había vencido antes, pero por otro lado se trataba de una fortuna y tras su último trabajo…Suspiró.

-Yo también- concedió. Sospechaba que no iba a tardar mucho en arrepentirse.

Cadmios sonrió complacido. Extrajo dos sobres de color gris de una cartera que descansaba en el suelo a su lado y entregó uno a cada mercenario. Tristán abrió el suyo y extrajo una fotografía tridimensional que mostraba a una chica de unos veinte años, no mucho menor que él mismo, con una larga melena color caoba. Vestía unos pantalones ceñidos, botas altas y un jersey que dejaba sus hombros al descubierto. No llevaba armas, pero estaba rodeada de varios cuerpos inconscientes.

-Esa foto se tomó hace apenas tres horas, en las instalaciones de máxima seguridad de la comisaría 144 Este, en el Sector Siete-explicó Cadmios-. Esa joven huyó de su celda y derribó a media docena de guardias ella sola.

-¿No decías que no era peligrosa?- preguntó la desconocida. Directa al grano.

-Y no lo es. Ninguno de los guardias resultó herido de gravedad. Todo lo más alguna contusión. Eso para vosotros es un juego de niños.

-¿Cómo lo hizo?

-No se sabe. Las cámaras de seguridad se apagaron misteriosamente. Nadie las manipuló, por lo visto. Simplemente se desconectaron solas y volvieron a conectarse unos minutos después. Esta imagen es de una cámara fotográfica que está situada sobre la puerta de la comisaría y que fotografía a todo el que entra o sale. Parece ser que, quienquiera que apagó las cámaras interiores, desconocía la existencia de ésta.

-¿Qué sabemos de ella?-preguntó Tristán.

-Nada. Ni tampoco me importa. Mientras el cliente pague, el objetivo me da igual.

-Ya-contraatacó el joven- pero no parece tan importante o tan mortífera como para que la reclame en secreto la Comisión. Además yo robo información, no secuestro personas…

-¿Te vas a echar atrás?- espetó Cadmios, perdida la sonrisa por una vez.

-Vete a la mierda- fue la única respuesta.

Se produjo otro tenso silencio que duró unos minutos, hasta que fue roto nuevamente por Sara.

-¿Hay algo más que debamos saber?

-No, no se me ocurre nada.

-Entonces ten preparado el dinero para esta noche.

Dicho esto la joven se levantó y se dirigió a la puerta sin comprobar siquiera que Tristán la seguía, evidentemente acostumbrada a trabajar sola. El joven escrutó durante unos segundos más la cara de Cadmios y luego salió él también de la habitación. Encontró a Sara esperando el ascensor. Escuchaba música en el terminal de su muñeca a través de unos auriculares inalámbricos y movía la cabeza siguiendo el ritmo.

Tristán no pudo evitar fijarse en que era muy guapa, con unas facciones vivas y expresivas. Lucía el pelo castaño cortado a la altura de la barbilla y recogido detrás en una coleta. Vestía una camiseta blanca de tirantes y unos anchos pantalones de combate verdes. Sin embargo, lo que intrigó a Tristán fue el hecho de que no llevaba armas.

-¿Has terminado de evaluarme?-preguntó ella de improviso.

Tristán se sobresaltó.

-Sí-dijo sin inmutarse-.Ya que vamos a trabajar juntos, es lógico que lo haga.

-Claro- dijo ella sonriendo-. ¿Y el veredicto?

- Mejor me lo reservo-respondió él.

-Que aburrido eres.

El ascensor llegó por fin y ambos se introdujeron en su interior. Durante unos minutos ninguno dijo nada. Sara estaba sumida en su música y Tristán se enfrascó en sus propios pensamientos.

-Eres valiente-dijo de pronto el hacker.

-¿Cómo dices?

-El veredicto ¿No acabas de preguntarme por él?. Eres valiente, pero irreflexiva. En el ordenador de GenCorp te lanzaste por el hueco sin pensar ¿Y si hubiera habido Centinelas? No piensas lo que haces y eso te puede traer problemas. O peor aún, traérmelos a mí.

-Vaya, vaya- contestó le joven- No salgo muy bien parada no crees. Además, no has dicho nada de mi incomparable destreza, ni de mi arrebatadora belleza. Sin embargo, tienes razón, nunca pienso las cosas antes de hacerlas. Te prometo que esta vez actuaré con la cabeza. ¿Vale?

Tristán sonrió. Empezaba a caerle bien esta chica. El ascensor llegó a la planta baja y ambos salieron.

-No creo que seas capaz- dijo él mientras echaba a andar hacia la salida del Sector. Una vez en la calle, apresuró el paso para evitar encuentros indeseados-.Probablemente te lanzarás a la acción a la primera oportunidad.

-¿Qué te apuestas?-retó ella.

- Un café a que no eres capaz.

-Hecho.

Continuaron caminando un rato atravesando callejones llenos de mugre, pasando frente a burdeles, moteles de mala muerte y fumaderos de diversas drogas. Los camellos vendían a plena vista y llevaban a cabo sus trapicheos sin ningún pudor.

En un momento dado, pasaron frente a una clínica clandestina de tecnoimplantes. Eso pareció enfadar a Tristán, que lanzó un escupitajo en su dirección.

-¿No te gustan las clínicas?-le preguntó Sara.

-No me gustan lo implantes- afirmó él-. Son antinaturales. No tengo nada en contra de los órganos artificiales para transplantes, porque salvan vidas, pero no aguanto los implantes de combate.

-¿Por qué no?-se asombró ella-. Son útiles.

-Son como las drogas-afirmó Tristán-. Contaminan el cuerpo y afectan a la mente. Casi nadie puede ponerse un solo implante, se enganchan a ellos, se vuelven adictos y ya no paran. Los implantes les provocan una falsa sensación de invencibilidad y los enlaces neuronales les destrozan el cerebro.

-Yo estoy implantada- se defendió Sara-.Y no me ha pasado nada de eso.

-Y una mierda que no- exclamó el hacker-. Te lanzas de cabeza al combate sin pensar. Además ¿ A que no llevas solo un implante?

-No –reconoció la joven-. Llevo varios.

-Lo ves, eso no hace más que confirmar lo que…

No pudo terminar la frase. Cinco hombres les interceptaban el paso, colocados en la boca del callejón, armados con pistolas y cuchillos.

-Mira qué tenemos aquí. Una parejita de amantes discutiendo- dijo el que parecía el jefe, un hombre joven, vestido con ropas estrafalarias y con el pelo de tres colores, rojo, blanco y morado. Avanzó hacia ellos empuñando un bastón aturdidor bastante contundente.

Sara no le dio tiempo para utilizarlo.

Antes de que el matón se diera cuenta, la mercenaria había transformado su brazo izquierdo en un cañón de iones y le había disparado a bocajarro. Hubo un fogonazo de luz azulada y el cuerpo sin vida de aquel deshecho humano cayó hacia atrás, aún humeante. Sus secuaces se apresuraron a rodear a la joven, increpándola al mismo tiempo.

Tristán se mantuvo al margen, decidido a actuar sólo si era necesario. De momento, pensó, la chica no parecía necesitar su ayuda.

Al no poder usar el cañón en combate cuerpo a cuerpo, Sara había optado por extraer de cada uno de sus antebrazos dos afiladas garras de metal, con las que daba tremendas cuchilladas a sus atacantes. Esquivaba sus disparos con una facilidad casi insultante, saltando por encima de sus agresores y acuchillándoles por la espalda, en silencio.

-¡Podías echarme una mano!- le gritó ella al verse desbordada.

Tristán se separó de la pared donde había estado apoyado y se acercó con paso tranquilo y firme a uno de los ladrones. Lo cogió por el cuello del jersey con una sola mano y lo lanzó al fondo del callejón, treinta metros de carrera por el aire que acabaron con un sonoro golpe contra el tabique que cerraba el callejón. Después levantó a los dos que iban a atacar a Sara en aquel momento.

-¡Felices sueños!- dijo.

Los chocó violentamente entre ellos y ambos quedaron inconscientes allí mismo. El único pandillero que quedaba salió huyendo sin mirar atrás.

-¡Eres imbécil!- Sara estaba indignada-. ¿Por qué no me has ayudado desde el principio? Además, tú mucho hablar de que odias los implantes, pero luego debes de llevar encima más metal que una fundición…

-No llevo ninguno- afirmó él-. Excepto la clavija para conectarme a la Red.

-Supongo que no esperarás que me crea eso, ¿verdad? Nadie puede moverse así, ni levantar tanto peso sin tener medio cuerpo artificial.

- Cree lo que quieras…

Tristán dio media vuelta y se alejó de ella para salir del callejón. Después sacó un auricular de su bolsillo y se lo puso.

- Conexión. Enel. Llamar- dijo. Y el sistema de telefonía integrado comenzó a marcar el número que le había pedido-.¿Enel?- dijo cuando respondieron al otro lado de la línea- soy Tristán. Necesito tu ayuda.

Puso a su amigo al corriente de lo que necesitaba. Enel era el dueño de una pequeña taberna del Sector Once, donde se solían reunir pilotos, mercenarios y contrabandistas. Tenía un don especial para enterarse de todo lo que sucedía en la ciudad sonsacándoselo a sus clientes. Si la joven a la que buscaban pretendía salir de la ciudad, tarde o temprano acabaría en el bar de Enel. Todos lo hacían.

Así que cargó la foto en su terminal de muñeca y se la envió a su amigo.

-¿Esta es la chica?-respondió él- Entonces estás de suerte, creo que podré ayudarte.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Porque lleva más de una hora sentada en tu mesa favorita.

-¿Estás seguro?- Tristán no daba crédito a sus oídos.

-Es idéntica a la de la foto- contestó el tabernero.

-Entreténmela un cuarto de hora. Voy para allá.

Tristán desconectó el teléfono. Sara se acercó a él desde el callejón.

-¿Pasa algo?- preguntó.

-He encontrado a la chica.


6/3/08

Sector 13

Tristán apareció en la Red algo alejado de su punto de destino, para no llamar demasiado la atención. Su avatar (un enorme ser humanoide, alto y musculoso, de piel verde y ojos ambarinos sin pupila) se materializó en cuestión de segundos.

Desde su punto de vista, la Red aparecía como una inmensa ciudad constituida por grandes bloques rectangulares, de color verde intenso, separados por vías de luz sólida. De cada bloque partían cientos de finas cintas de luz que conectaban los bloques entre sí: datos transferidos de un ordenador a otro. De vez en cuando, en lugar de cintas se veían esferas de metal de gran tamaño que significaba que la información contenida estaba codificada o protegida de algún modo.

Avanzó por los corredores entre unidades, pegándose lo más posible a las paredes para evitar ser detectados por los Centinelas, los guardianes del ciberespacio. Estos seres de cristal verde-azulado y con un único ojo rojo en medio de la frente eran el mayor peligro para un hacker como él, porque podían destruir su consciencia y convertirlos en vegetales de por vida.

El joven ordenó mentalmente a su ordenador que ejecutara un programa de camuflaje que le permitiría acercarse lo suficiente al ordenador central de GenCorp como para extraer la información por la que le iban a pagar una fortuna. Poco a poco, su avatar comenzó a volverse invisible. Sonrió. Luego se separó con cuidado de su escondite y se deslizó en dirección a uno de los bloques más grandes.

En varias ocasiones el terminal de su muñeca le avisó de la presencia de Centinelas en las inmediaciones, con el tiempo justo para esconderse entre los montones de datos publicitarios que recorrían el ciberespacio sin destino fijo. Nadie comprueba nunca la publicidad. No existía ninguna inteligencia artificial, por elaborada que fuera, capaz de descubrirlo en la Red si él no quería.

Llegó en silencio a su destino y miró hacia arriba. El edificio se alzaba colosal ante él. Los torrentes de datos entraban y salían a toda velocidad por grandes ranuras de transferencia. Activó las botas propulsoras de su avatar y se encaramó a una de aquellas anchas cintas. Se dejó arrastrar por aquella tira de datos hasta el interior de aquel ordenador.

Una vez dentro se dejó caer y comenzó a explorar metódicamente las distintas habitaciones que componían el disco duro. No había puertas, sólo vanos, pero algunas estancias tenían una especie de velo luminoso que proclamaba a cualquiera su estado de cifradas. Desconectó la invisibilidad con el fin de trabajar más cómodo. No le preocupaba encontrarse con alguien: había pagado mucho dinero a un topo en GenCorp para conseguir el horario de la empresa. Sabía exactamente a qué horas estaba vacío. Nunca se apagaba porque buena parte de las funciones de la empresa eran automáticas y estaban controladas por él. Así que se tomó su tiempo para examinar concienciadamente los archivos: Seguridad, Tecnología, Investigación y Desarrollo… Y por fin la última, Proyectos en Desarrollo.

La habitación estaba sellada, pero sus programas de desencriptación eran los mejores que se podían encontrar y no tardó en abrirla. Resultó ser una habitación enorme, completamente vacía –como todas las que Tristán había visto antes-, excepto por una especie de altar rectangular de color verde en el que destacaba un cubo holográfico. No había nada más, pero descubrió sorprendido que no estaba sólo. Otro hacker mantenía su terminal de muñeca dentro del holocubo, al tiempo que descargaba información privada a su memoria.

Su avatar representaba una joven de unos veinte años con la piel azulada y el pelo blanco. Al verle soltó un taco y desconectó su muñequera. Salió corriendo y le atropelló en su huida. Tristán corrió tras ella. Sabía que no había ninguna otra información en esa sala que valiera la pena robar. ¡Esa chica se llevaba sus datos!

Probablemente habría borrado la información después de descargarla, como hubiera hecho él.

La persiguió por todas las salas, atravesando directorio tras directorio sin detenerse a comprobar que no vinieran Centinelas. La persiguió hasta el nivel más bajo, que correspondía a los archivos públicos de la empresa, aquellos que todo el mundo tenía derecho a consultarse lo deseaba. Ella corría sin desfallecer, impulsada por los tacos que le dirigía el joven.

Tristán se dio cuenta de que la hacker se dirigía hacia una pared lisa y pensó “ya eres mía, traidora.” Sin embargo, la misteriosa chica guardaba más de un as en la manga. De entre los pliegues de la capa que llevaba extrajo lo que parecía un simple cilindro de metal de unos veinte centímetros de diámetro con una abertura circular en cada extremo y que pendía en bandolera de su hombro izquierdo. Tristán lo reconoció al instante: era un cañón de partículas portátil. Maldición.

Sin dejar de correr, la desconocida introdujo la mano derecha por la abertura inferior del arma y apuntó hacia la pared. De la boca del cañón surgió un intenso haz de luz azulada que abrió un boquete enorme en el objetivo. Su rival saltó por él y nada más llegar al otro lado desapareció.

<> pensó Tristán. Se quedó allí parado, meditando sobre lo que acababa de pasar. El joven era un experto hacker y hacía años que nadie conseguía vencerle en la red. Se había enfrentado a muchos piratas rivales, pero ninguno como ella. Se preguntó quién estaría detrás de ese avatar.

Fuera quien fuera, seguro que la volvería a ver…

* * * * *

Los Suburbios, la zona más marginal de la gran tecnópolis, eran a todas luces un lugar muy poco recomendable, y eso siendo muy amable. En realidad no eran más que un gigantesco estercolero viviente, donde los privilegiados del Sector 1 enviaban a todos aquellos que consideraban una molestia. Estaba plagada de ladrones, prostitutas, yonkis y, en general, gente de mala catadura.

Tristán había estado allí las suficientes veces como para saber que en el Sector 13, nombre oficial de los Suburbios, si te descuidabas podías morir antes de haberte dado cuenta. Él mismo no se habría acercado ni en broma a esa zona de la ciudad (él poseía un confortable apartamento en el Sector 5) de no haber tenido una poderosa razón.

Caminó por las calles más anchas y mejor iluminadas que fue capaz de encontrar, si bien eso no significaba gran cosa en esa parte de la ciudad, donde los asaltos a pleno día eran comunes y la policía no había entrado desde el Gran Motín de 2508, sesenta años atrás. No le preocupaba excesivamente tener una refriega, iba bien armado con una pistola de iones y una daga, pero no podía permitirse un retraso.

Al fin llegó a una construcción de hormigón y cristal, tosca y primitiva, y tras comprobar que nadie le hubiera seguido entró por un acceso lateral. Se dirigió al ruinoso ascensor y, una vez dentro, sacó una llave electrónica del bolsillo interior de la cazadora y la introdujo en una ranura que había en el panel de mando. Sin necesidad de pulsar ningún botón, el ascensor comenzó a elevarse.

Se detuvo en el piso quince, pero las puertas no se abrieron aún. Una voz eléctrica le solicitó educadamente una contraseña.

- T-134729-contestó él.

- Contraseña confirmada-repitió la voz -.Acceso confirmado.

Las puertas de acero se abrieron y Tristán se encontró en un apartamento que contrastaba con el aspecto exterior del edificio, ruinoso y pobre. Allí dentro se respiraba puro lujo. Los muebles eran de última moda, cuadros carísimos decoraban las paredes y todo el apartamento estaba mecanizado. Oyó una voz a sus espaldas.

-¿Dónde te habías metido?

Se giró y contempló a un hombre de unos cuarenta años, bajito y gordo, que vestía una bata de color granate. En ese momento su semblante, habitualmente risueño, mostraba una expresión de enfado.

-Desapareces después de la chapuza de GenCorp-continuó el recién llegado- y durante dos semanas no das señales de vida. ¿Sabes los problemas que he tenido por tu culpa? El cliente casi me mata.

- Tranquilízate, Cadmios-dijo Tristán-. Tuve que desaparecer un tiempo porque la poli me estaba buscando.

-Está bien, está bién…Al menos podrás contarme qué pasó ¿no? Lo último que supe de ti es que tenías un topo en GenCorp.

Tristán tomó asiento en uno de los cómodos sillones de cuero que había en la sala y pasó a relatarle toda la historia con clama. Cadmios se sentó frente a él y se sirvió un vaso de whisky de una botella que había sobre la mesita auxiliar.

-…Y después de que ella saltara por el agujero tuve que largarme a escape. La explosión había activado un programa de seguridad nuevo, que yo no conocía. Los centinelas se materializaron justo donde estaba yo, así que salté por el hueco como había hecho ella, pero una vez fuera no pude desconectarme. Por lo visto, el programa creó un espacio alrededor del disco duro donde no se podía desconectar a la gente. Tuve que huir a toda pastilla. Aún tuve que cargarme a dos centinelas a tiro limpio antes de salir de la zona segura. He pasado estas dos semanas en un refugio seguro, recuperándome de mis heridas.

- Bien, ahora ya tengo todos los datos. La próxima vez te agradecería que me avisaras.

-No habrá próxima vez.

Hubo un tenso silencio que duró solo unos momentos.

-Cambiando de tema, tengo un trabajito nuevo para ti.

-¿De qué se trata?

-Esta vez es algo nuevo- dijo Cadmios, pasado ya su enfado-. Se trata de recuperar un fugitivo.

-¿Quién es el cliente?-preguntó Tristán- No me gusta trabajar a ciegas.

- Esta vez es un asunto serio. Se trata ni más ni menos que de la Comisión.

-¿La Comisión de Seguridad Urbana?- aquello extrañó al joven. La Comisión de Seguridad Urbana era el órgano del gobierno de la ciudad que se ocupaba, entre otras cosas, de gestionar el cuerpo de policía. Como Tristán sabía mejor que nadie, solo solicitaban los servicios de mercenarios como él cuando la misión debía mantenerse en el más estricto secreto-. Eso suele significar problemas. No sé…

-Pagan bien. Muy bien-insistió su interlocutor.

-¿Cuánto es muy bien?

- Pues, una vez descontado mi porcentaje… alrededor del millón de créditos.

-¿Tanto? Si que debe ser un fugitivo peligroso.

- Eso es lo mejor, que no lo es. Se trata de una jovencita.

Tristán no sabía qué pensar. Nadie en su sano juicio pagaría una cantidad semejante por alguien sin importancia. Por otro lado…

-Acepto- dijo.

En ese momento sonó el timbre de la puerta.

-¿Esperas a alguien?-preguntó el mercenario.

-Sí, a tu compañera de trabajo-le respondió Cadmios, al tiempo que se levantaba para abrir la puerta.

-¿Qué compañera? No dijiste nada de una compañera- protestó Tristán-. Yo trabajo solo.

-Es una condición para el trabajo. Debéis ser al menos dos.

Cadmios abrió la puerta y una joven muy atractiva entró en la habitación. Llevaba el pelo rojo muy corto y vestía unos ceñidos pantalones negros y una camiseta de tirantes. Calzaba unas botas cómodas. Pero lo que dejó sin habla a Tristán fue el hecho de que su cara era idéntica a la de la joven que le había superado en la Red dos semanas antes.

-Hola-dijo ella-.Volvemos a vernos.

19/1/08

Alicia, la Cazadora

Sentada en el asiento de aquel Ford negro con los cristales tintados, Alicia contemplaba el paisaje de aquella zona residencial de las afueras de Valencia que pasaba a toda velocidad por su ventana. Dejó vagar su mente, volviendo a recordar por enésima vez los sucesos de la última semana y preguntándose de nuevo si todo aquello no seria una gigantesca broma, que alguna mente diabólica había tramado para burlarse de ella.
* * * * * * * *
Todo había comenzado hacía exactamente seis días, con aquel chico misterioso. Últimamente lo veía a todas horas, por todas partes: a la salida del instituto, en el parque, en la academia de inglés... Fuera donde fuera allí estaba él, siempre solo, en silencio consigo mismo. Incluso llegó a pensar que la seguía, pero cada vez que iba a decirselo a alguien, el joven parecía desvanecerse en el aire.
Al fín, seis días atrás, él se acercó a hablar con ella cuando salía de clase.
-Perdona- le dijo-.Te llamas Alicia,¿verdad?
Sus amigas comenzaron a proferir risitas tontas, porque pensaban que lo único que pasaba con aquel chico es que ella le gustaba y no sabía como decírselo.
-Bueno, Ali, que ya nos vemos mañana si eso- dijeron antes de marcharse, añadiendo en voz baja-.Diviertete nena, que no está nada mal.
Cuando se quedaron a solas él volvió a hablar:
-¿Por qué no damos un paseo? Tengo algo muy importante que contarte.
-No sé si...
-Te prometo que no te pasará nada.
Normalmente ella jamás se habría ido de paseo con un desconocido que la había abordado por la calle, dirigiendose además a ella por su nombre, pero había algo en el tono de voz del joven que hizo que Alicia se sintiera segura al acompañarle. Tal vez fuera su aspecto serio y tranquilo, como si controlara absolutamente la siuación, alejándolo de la imagen que la chica tenía de un criminal; o tal vez su atractivo, con el pelo castaño corto y aquellos extraños ojos ambarinos que la miraban como si pudieran escruta su alma.
Fuera por lo que fuera, irene siguió al desconocido, al tiempo que iba escuchando la incríble historia que le contaba. Le dijo que los vampiros existían y que se extendían a lo largo y ancho del mundo, infectando un ser humano tras otro, como una plaga. Le habló de todas las almas valientes que habían dado sus vidas para proteger al hombre de los numerosos peligros que la acechaban en la oscuridad.
Y le habló de la Cazadora
Le contó que desde hacía milenios cada generación nacía una Elegida con el poder y la fuerza necesarios para cazar vampiros. Que desde hacía casi un año la situación había cambiado, y ahora había miles en todo el mundo.
pensó la joven. Justo cuando habían empezado a pasarle cosas raras. Era capaz de recordadr incluso el momento exacto. Estaba en clase de educación física jugando a volley, cuando sintió aquella energía dentro de ella por primera vez. Golpeó el balón con tanta fuerza que reventó en el aire. Por fortuna la profesora pensó que estaba defectuoso y no hizo más preguntas.
Después comenzaron las pesadillas. Cada día eran diferentes, pero siempre seguían un patrón común. Ella siempre era una chica joven, una esclava o una princesa india, que invariablemente acababa siendo destrozada por una multitud de vampiros sedientos de sangre. Alicia despertaba empapada en sudor y rara vez volvía a conciliar el sueño.
Cuando el desconocido terminó de hablar ella no supo que decir.
-¿Y bien?-la apremió.
-¿Y bien qué?-replicó ella- Aunque todo lo que me has contado fuera verdad, cosa que no creo, ¿Qué tiene todo esto que ver conmigo?
- ¿Es que no lo ves? Alicia, eres una Cazadora.
* * * * * * *
Aún ahora, mientras esperaba que el coche la condujera a su nuevo hogar, no acababa de creéselo. ¡Era tan surrealista!
Sin embargo, al poco rato el conductor del coche ( su amigo el misterioso desconocido, que resultó llamarse Daniel) le señaló un alto muro de ladrillo coronado por afiladas puntas de acero entre las que crecía una extraña planta.
-Es acónito-le explicó Daniel-Tambien llamada matalobos. Sirve para ahuyentar a los vampiros.
Guió el coche hacia las enormes verjas dehierro que constituían la entrada. Pulsó un boton situado en la pared y esperó pacientemente a que se abrieran las puertas. Las vallas se separaron una de otra con un sonido chirriante, y el coche se introdujo sin vacilar. Alicia pudo contemplar al fin el lugar donde pasaría los próximos años de su vida. Se trataba de una enorme mansión de ladrillo rojizo con tejado de tejas y las paredes recubiertas de plantas trepadoras. El edificio tenía forma de letra u.
Había un hombre esperando un las escaleras de entrada. Aparentaba unos treinta años y llevaba un parche sobre el ojo izquierdo. La saludó en español, pero con acento americano.
-Me llamo Alexander Harris, soy el...director, supongo, de este sitio.
-Encantada de conocerle señor-dijo Alicia ,algo cohibida.
-¡Señor! ¿Te lo puedes creer, Dani? Es la primera vez que alguien me llama señor en... Bueno, nunca me habían llamado señor. Llamame Xander, todos me llaman así.
-De acuerdo.
-Así está mejor. Daniel te acompañará a tu habitación. Lo haría yo mismo, pero tengo que irme a una cita urgente. Mi novia se cabrea si llego tarde.
Se despidieron de Xander y entraron en el edificio. Alicia quedó impresionada por la belleza del interior. El vestíbulo era inmenso, con unas grandes escaleras para subir al piso superior. De las paredes colgaban tapices antiguos y armas medievales, y en los rincones se erguían armaduras de escala real.
Daniel cargó con sus maletas( como si no pesaran nada) y se dirigió escaleras arriba.
-Acompañame-le dijo-. Te enseñaré todo esto.
La Cazadora caminó detrás de él por las escaleras.
- En la planta baja están las aulas, el gimnasio, el comedor y la biblioteca-le explicó su guía-.En la primera, los dormitorios y los despachos.En el último piso están los laboratorios y las armerias.
-¿En qué curso estaré?
-En ninguno, aquí no hay cursos. Te asignarán un Vigilante, un especie de tutor personal que resolverá tus dudas. Para lo demás te unirás a las clases teóricas por las mañanas y a los entrenamientos de combate por las tardes.
El joven se paró ante la puerta de un cuarto. En la puerta había una placa de latón en la que ponía "habitación 22: Lidia Jimenez-Alicia Martín".
-Esta es tu habitación. Mañana depués de desayunar te espera Xander en su despacho.
Dicho esto, se dió la vuelta y se fue, dejando sola a la chica. Alicia inspiró prfundamente un par de veces tratando de calmar los nervios y abrió la puerta. Se encontró en un cuarto de dimensiones normales, con dos camas , una mesa enorme en el centro y un par de armarios. Tumbada sobre una de las camas había una chica de su misma edad. Estaba leyendo una revista al tiempo que oía música en un Mp3 que descansaba sobre la colcha. Al oír la puerta se giro rápidamente.
-¡Hola! Tu debes de ser la nueva.
-Me llamo Alicia.
-Encantada de conocerte, yo soy Lidia.Seremos compañeras de cuarto.
-Genial, seguro que nos llevaremos bien. Por cierto...¿Dónde puedo colocar mis cosas?
-Te lo enseñaré
Pasaron el resto de la tarde colocando las cosas en su sitio y contándose sus respectivas vidas. Al acabar estaban tan cansadas que ni siquiera bajaron a cenar.

Al día siguiente acudía puntual a su entrevista con Xander.Llamó a la puerta y, al no contestarle nadie, entró tímidamente. Se encontró en medio de un enorme caos de libros, cómics, postres y paquetes de ganchitos. Xander estaba ocupado en ese momento en sacar algo de debajo de la mesa.
-¿Quién está ahí?...¡Ah, Ali! Te estaba esperando- por fín acabó de sacar el objeto de debajo de la mesa y se lo tendió-. Toma, tu "material escolar"
El objeto resultó ser una daga de unos veinte centímetros de largo y con una hoja muy afilada.
-Nunca te separes de ella-le recomendó el director- Ni siquiera cuando salgas del centro.
-¿Puedo salir?- se extrañó ella.
-Claro, esto no es una cárcel, aunque a veces lo parezca. Lo único que debes hacer es estar aquí a las horas de clase y en las comidas.
-¿ Y mi tutor?
-¿Tu Vigilante, quieres decir? Daniel será tu Vigilante. Buscale y te explicará lo que tienes que hacer. ¡Ah, y bienvenida a bordo!
* * * * * *
Los siguientes días los pasó aclimatándose a su nuevo colegio. Cada mañana tenía clase teórica con el resto de sus compañeras, pero eran unas materias un tanto extrañas: Demonología, Estrategia de Combate, Historia Sobrenatural...la lista era larguísima.
Por las tardes asistía a alguna de las salas de entrenamiento con Daniel y aprendía a pelear usando sus manos y pies. Descubrió sorprendida que esta era la parte que más le gustaba. Le habían explicado que las Cazadoras tenían un don natural para el combate y , al menos en su caso, parecía ser verdad. En sólo unas semanas fue capaz de atrapar cualquier objeto( una daga, una flecha) que Daniel le lanzara. Las otras chicas se lo pasaban tan bien como ella y pronto hizo muchas amigas.
Durante su primera semana conoció más a fondo a su Vigilante. Daniel era un joven silencioso y solitario, que prefería su propia compañia, pero que por alguna razón se sentía agusto con ella. A pesar de que él era un Vigilante, Alicia se sorprendió al descubrir que sólo tenía un par de años más que ella. Pero más sorprendente aún fue averiguar que el joven ni siquiera era humano. Su padre había sido un demonio asseth, fuera eso lo que fuera, y por eso el hijo había nacido con ciertas facultades sobrenaturales, como la fuerza sobrehumana y la capacidad de ver en la oscuridad.
Entrenaba con ella todas las tardes hasta casi la hora de la cena. Le enseñó a pelear con espada, daga y estaca, a manejar la ballesta y el rifle de dardos. Era un maestro paciente, pero que le exigía mucho. Tenía un don para hacer que sus lecciones fueran fascinantes. Las clases teóricas que impartía siempre estaban llenas de jóvenes cazadoras, pero Alicia estaba convencida de que estas estaban más interesadas en el profesor que en la lección.
-Tus otras Cazadoras estarán celosas- le dijo ella un día en una sesión de entrenamiento especialmente dura. A pesar de sus capacidades innatas, Daniel la aventajaba en experiencia y los combates eran extenuantes-. Nunca te veo entrenarlas.
-¿Me guardas un secreto?-contestó él.
-Claro.
-No tengo otras cazadoras. Tu eres mi primer encargo.
-¡Eso es imposible! Parace que lleves toda la vida haciendo esto.
-Me gusta mucho enseñar-reconoció el joven-, y me esfuerzo mucho para hacerlo bien. Me alegra saber que crees que soy bueno.
Después volvieron a combatir con renovada energía y ambos se esforzaron al máximo de sus capacidades para vencer al otro. Alicia lanzaba golpes con toda la potencia que le confería su ascendencia mística, pero Dani los esquivaba casi sin moverse, como si no le supusiera ningún esfuerzo. Ella lazó una patada frontal en un desesperado intento de lograr un cierto espacio, pero él paró el golpe con la mano, le sujetó la pierna y la empujó hacia atrás, todo en un mismo movimiento. La Cazadora cayó al suelo y su maestro aprovechó para lanzarse encima suyo y apresarla e una llave.
-¿Te rindes?-preguntó
-Nunca-contesto Alicia al tiempo que hincaba la rodilla en la entrepierna del joven, que se dobló de dolor. La pelirroja vió su oportunidad y volteó su cuerpo girando sobre sí misma hasta quedar encima de él, retorciéndole al mismo tiempo los brazos contra la espalda.
-¿Te rindes?-preguntó.
-Vale, vale. No vayas a partirme un brazo.
Alicia sonrió. Le iba a encantar aquella escuela.