29/3/08

Sector 13 (2)

La joven entró con paso firme en la habitación y saludó con afecto a Cadmios.

-Tristán, te presento a Sara, la mejor mercenaria del Sector Nueve- la presentó él -.Sara, este es Tristán, el hacker más fiable de la ciudad. Nunca había fallado…hasta hace poco.

Sara le dirigió una mirada mitad evaluadora y mitad divertida.

-Ya nos conocíamos- dijo solamente.

-¿Ah, sí?- exclamó sorprendido Cadmios.

-Sí- contestó el hacker-. Sara fue la chica que se largó con la información en mi último trabajo.

Por un momento, Cadmios pareció avergonzado. Era evidente que había contratado a dos mercenarios para que recuperasen la misma información, sabiendo que al final sólo tendría que pagar al que lo lograra. Ahora que su juego había sido descubierto, no sabía muy bien como reaccionar.

Fue Sara la que resolvió la situación. Se alejó de ellos y se sentó tranquilamente en la butaca que había ocupado Tristán solo un instante antes. Puso los pies encima de la mesa y se sirvió un generoso vaso de agua.

-¿Venís o qué?-dijo.

El obeso chivato se apresuró a sentarse en su lugar de costumbre, bajo la mirada resentida de Tristán que le siguió más despacio.

Una vez sentados y acomodados, Cadmios explicó brevemente a la recién llegada en qué consistía su nuevo trabajo. La chica sonrió al escucharlo.

-O sea- dijo-, que es una misión fácil y bien pagada. Me apunto.

Tristán no dijo nada. Se limitó a contemplar el vacío, pensativo. Cadmios casi podía adivinar sus pensamientos. El hacker se resistía a trabajar en equipo, y todavía peor, con alguien que ya le había vencido antes, pero por otro lado se trataba de una fortuna y tras su último trabajo…Suspiró.

-Yo también- concedió. Sospechaba que no iba a tardar mucho en arrepentirse.

Cadmios sonrió complacido. Extrajo dos sobres de color gris de una cartera que descansaba en el suelo a su lado y entregó uno a cada mercenario. Tristán abrió el suyo y extrajo una fotografía tridimensional que mostraba a una chica de unos veinte años, no mucho menor que él mismo, con una larga melena color caoba. Vestía unos pantalones ceñidos, botas altas y un jersey que dejaba sus hombros al descubierto. No llevaba armas, pero estaba rodeada de varios cuerpos inconscientes.

-Esa foto se tomó hace apenas tres horas, en las instalaciones de máxima seguridad de la comisaría 144 Este, en el Sector Siete-explicó Cadmios-. Esa joven huyó de su celda y derribó a media docena de guardias ella sola.

-¿No decías que no era peligrosa?- preguntó la desconocida. Directa al grano.

-Y no lo es. Ninguno de los guardias resultó herido de gravedad. Todo lo más alguna contusión. Eso para vosotros es un juego de niños.

-¿Cómo lo hizo?

-No se sabe. Las cámaras de seguridad se apagaron misteriosamente. Nadie las manipuló, por lo visto. Simplemente se desconectaron solas y volvieron a conectarse unos minutos después. Esta imagen es de una cámara fotográfica que está situada sobre la puerta de la comisaría y que fotografía a todo el que entra o sale. Parece ser que, quienquiera que apagó las cámaras interiores, desconocía la existencia de ésta.

-¿Qué sabemos de ella?-preguntó Tristán.

-Nada. Ni tampoco me importa. Mientras el cliente pague, el objetivo me da igual.

-Ya-contraatacó el joven- pero no parece tan importante o tan mortífera como para que la reclame en secreto la Comisión. Además yo robo información, no secuestro personas…

-¿Te vas a echar atrás?- espetó Cadmios, perdida la sonrisa por una vez.

-Vete a la mierda- fue la única respuesta.

Se produjo otro tenso silencio que duró unos minutos, hasta que fue roto nuevamente por Sara.

-¿Hay algo más que debamos saber?

-No, no se me ocurre nada.

-Entonces ten preparado el dinero para esta noche.

Dicho esto la joven se levantó y se dirigió a la puerta sin comprobar siquiera que Tristán la seguía, evidentemente acostumbrada a trabajar sola. El joven escrutó durante unos segundos más la cara de Cadmios y luego salió él también de la habitación. Encontró a Sara esperando el ascensor. Escuchaba música en el terminal de su muñeca a través de unos auriculares inalámbricos y movía la cabeza siguiendo el ritmo.

Tristán no pudo evitar fijarse en que era muy guapa, con unas facciones vivas y expresivas. Lucía el pelo castaño cortado a la altura de la barbilla y recogido detrás en una coleta. Vestía una camiseta blanca de tirantes y unos anchos pantalones de combate verdes. Sin embargo, lo que intrigó a Tristán fue el hecho de que no llevaba armas.

-¿Has terminado de evaluarme?-preguntó ella de improviso.

Tristán se sobresaltó.

-Sí-dijo sin inmutarse-.Ya que vamos a trabajar juntos, es lógico que lo haga.

-Claro- dijo ella sonriendo-. ¿Y el veredicto?

- Mejor me lo reservo-respondió él.

-Que aburrido eres.

El ascensor llegó por fin y ambos se introdujeron en su interior. Durante unos minutos ninguno dijo nada. Sara estaba sumida en su música y Tristán se enfrascó en sus propios pensamientos.

-Eres valiente-dijo de pronto el hacker.

-¿Cómo dices?

-El veredicto ¿No acabas de preguntarme por él?. Eres valiente, pero irreflexiva. En el ordenador de GenCorp te lanzaste por el hueco sin pensar ¿Y si hubiera habido Centinelas? No piensas lo que haces y eso te puede traer problemas. O peor aún, traérmelos a mí.

-Vaya, vaya- contestó le joven- No salgo muy bien parada no crees. Además, no has dicho nada de mi incomparable destreza, ni de mi arrebatadora belleza. Sin embargo, tienes razón, nunca pienso las cosas antes de hacerlas. Te prometo que esta vez actuaré con la cabeza. ¿Vale?

Tristán sonrió. Empezaba a caerle bien esta chica. El ascensor llegó a la planta baja y ambos salieron.

-No creo que seas capaz- dijo él mientras echaba a andar hacia la salida del Sector. Una vez en la calle, apresuró el paso para evitar encuentros indeseados-.Probablemente te lanzarás a la acción a la primera oportunidad.

-¿Qué te apuestas?-retó ella.

- Un café a que no eres capaz.

-Hecho.

Continuaron caminando un rato atravesando callejones llenos de mugre, pasando frente a burdeles, moteles de mala muerte y fumaderos de diversas drogas. Los camellos vendían a plena vista y llevaban a cabo sus trapicheos sin ningún pudor.

En un momento dado, pasaron frente a una clínica clandestina de tecnoimplantes. Eso pareció enfadar a Tristán, que lanzó un escupitajo en su dirección.

-¿No te gustan las clínicas?-le preguntó Sara.

-No me gustan lo implantes- afirmó él-. Son antinaturales. No tengo nada en contra de los órganos artificiales para transplantes, porque salvan vidas, pero no aguanto los implantes de combate.

-¿Por qué no?-se asombró ella-. Son útiles.

-Son como las drogas-afirmó Tristán-. Contaminan el cuerpo y afectan a la mente. Casi nadie puede ponerse un solo implante, se enganchan a ellos, se vuelven adictos y ya no paran. Los implantes les provocan una falsa sensación de invencibilidad y los enlaces neuronales les destrozan el cerebro.

-Yo estoy implantada- se defendió Sara-.Y no me ha pasado nada de eso.

-Y una mierda que no- exclamó el hacker-. Te lanzas de cabeza al combate sin pensar. Además ¿ A que no llevas solo un implante?

-No –reconoció la joven-. Llevo varios.

-Lo ves, eso no hace más que confirmar lo que…

No pudo terminar la frase. Cinco hombres les interceptaban el paso, colocados en la boca del callejón, armados con pistolas y cuchillos.

-Mira qué tenemos aquí. Una parejita de amantes discutiendo- dijo el que parecía el jefe, un hombre joven, vestido con ropas estrafalarias y con el pelo de tres colores, rojo, blanco y morado. Avanzó hacia ellos empuñando un bastón aturdidor bastante contundente.

Sara no le dio tiempo para utilizarlo.

Antes de que el matón se diera cuenta, la mercenaria había transformado su brazo izquierdo en un cañón de iones y le había disparado a bocajarro. Hubo un fogonazo de luz azulada y el cuerpo sin vida de aquel deshecho humano cayó hacia atrás, aún humeante. Sus secuaces se apresuraron a rodear a la joven, increpándola al mismo tiempo.

Tristán se mantuvo al margen, decidido a actuar sólo si era necesario. De momento, pensó, la chica no parecía necesitar su ayuda.

Al no poder usar el cañón en combate cuerpo a cuerpo, Sara había optado por extraer de cada uno de sus antebrazos dos afiladas garras de metal, con las que daba tremendas cuchilladas a sus atacantes. Esquivaba sus disparos con una facilidad casi insultante, saltando por encima de sus agresores y acuchillándoles por la espalda, en silencio.

-¡Podías echarme una mano!- le gritó ella al verse desbordada.

Tristán se separó de la pared donde había estado apoyado y se acercó con paso tranquilo y firme a uno de los ladrones. Lo cogió por el cuello del jersey con una sola mano y lo lanzó al fondo del callejón, treinta metros de carrera por el aire que acabaron con un sonoro golpe contra el tabique que cerraba el callejón. Después levantó a los dos que iban a atacar a Sara en aquel momento.

-¡Felices sueños!- dijo.

Los chocó violentamente entre ellos y ambos quedaron inconscientes allí mismo. El único pandillero que quedaba salió huyendo sin mirar atrás.

-¡Eres imbécil!- Sara estaba indignada-. ¿Por qué no me has ayudado desde el principio? Además, tú mucho hablar de que odias los implantes, pero luego debes de llevar encima más metal que una fundición…

-No llevo ninguno- afirmó él-. Excepto la clavija para conectarme a la Red.

-Supongo que no esperarás que me crea eso, ¿verdad? Nadie puede moverse así, ni levantar tanto peso sin tener medio cuerpo artificial.

- Cree lo que quieras…

Tristán dio media vuelta y se alejó de ella para salir del callejón. Después sacó un auricular de su bolsillo y se lo puso.

- Conexión. Enel. Llamar- dijo. Y el sistema de telefonía integrado comenzó a marcar el número que le había pedido-.¿Enel?- dijo cuando respondieron al otro lado de la línea- soy Tristán. Necesito tu ayuda.

Puso a su amigo al corriente de lo que necesitaba. Enel era el dueño de una pequeña taberna del Sector Once, donde se solían reunir pilotos, mercenarios y contrabandistas. Tenía un don especial para enterarse de todo lo que sucedía en la ciudad sonsacándoselo a sus clientes. Si la joven a la que buscaban pretendía salir de la ciudad, tarde o temprano acabaría en el bar de Enel. Todos lo hacían.

Así que cargó la foto en su terminal de muñeca y se la envió a su amigo.

-¿Esta es la chica?-respondió él- Entonces estás de suerte, creo que podré ayudarte.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Porque lleva más de una hora sentada en tu mesa favorita.

-¿Estás seguro?- Tristán no daba crédito a sus oídos.

-Es idéntica a la de la foto- contestó el tabernero.

-Entreténmela un cuarto de hora. Voy para allá.

Tristán desconectó el teléfono. Sara se acercó a él desde el callejón.

-¿Pasa algo?- preguntó.

-He encontrado a la chica.


3 comentarios:

Shinemoon dijo...

I like :)
Pero no entiendo porque no hay mas gente que lea esta historia, aunque a lo mejor las hay, solo que no comentan

Saludos

Shinemoon dijo...

Espero con impaciencia la tercera parte :)

Anónimo dijo...

Y esto es apreciar la vida?escribir sobre algo que es ficcion?? no se yo,pero yo aprecio mas a los muertos que a la entuza que queda viva...ya ves tu,eres filosofo?cura?Dios???
no verdad?pues limitate a opinar sobre tus gustos y a los demas dejalos en paz,la gente como tu haceis que cada dia,mi blog tenga mas sentido,y no soy la propietaria de los cuentos de laskaponia
Prototipo647.blogspot.com